Viene de la parte 1ª

Por la tarde ves temblar los cipreses con los pájaros. ¿En qué curso fue aquello? No logro recordarlo, pero sí que ya había pasado la edad en que besé a la Enriqueta y a la Dolors, los dos primeros pares de labios que probé en mi vida. El Contxito tuvo en mayo una brillante idea; era el profesor de literatura, un conquense chapado a la antigua al que todo el mundo, incluidos los otros profesores, llamaba de ese modo obviando el nombre, Concepción, que sus benditos padres tuvieron a bien ponerle. Para aprobar el curso exigió un comentario de texto largo y meditado sobre cualquier poema de nuestra elección, un pequeño ensayo que sustituyera al examen de junio y evidenciase la aplicación y el amor al trabajo que se propuso dejarnos de herencia. No tuve dudas, escogí el único poema que me sabía de memoria, el que había escuchado tantas veces a mi abuela andaluza, que lo recitaba en aquellas veladas familiares en las que mezclaba obras de autores consagrados con versos de su propia mano, tan sinceramente celebrados siempre por todos. No, zanjaba ella, lo mío es un pasatiempo; estos, estos son los versos que escribe un verdadero artista, decía refiriéndose invariablemente a ese poema. A mí entonces me parecían versos sencillos e instrascendentes, impropios incluso de tan celebrado autor, pero nunca dejé de tenerlos en la memoria por pura costumbre. Aquella tarea que el Contxito nos exigió me hizo cambiar decisivamente esa opinión. Hoy, antes de ponerme a escribir, sentí la necesidad de volver a leer aquel trabajo que el profesor me devolvió con un “sobresaliente” escrito en mayúsculas y encerrado entre múltiples signos de admiración. He pasado más de una hora buscándolo sin resultado en el lugar en el que guardo estas cosas, y en otras partes de la casa por si se había traspapelado.

Cuando me he dado por vencido, he salido al balcón a fumar y allí he recordado súbitamente que ya no lo tenía yo: se lo regalé a una chica que no conocía, la hija de un ferroviario de Mataró llamada también así, Amparo, que se encaprichó de él después de que nuestra común amiga Montse se lo diera a conocer; a pesar de que era mi primer sobresaliente, no tuve inconveniente en sembrar en Mataró para el futuro a cambio de unos cuantos folios, de modo que accedí; aquella otra Amparo me regaló a cambio una foto suya posando en la Alcaicería granadina en un viaje de fin de curso, lugar que sin duda consideró apropiado al poema, y unas líneas de agradecimiento en el reverso de la foto que mezclaban calculadamente el catalán y el castellano, como si dudase con cuál de las dos lenguas me sentiría más complacido. Nunca la conocí personalmente.

Me porté como quien soy, como un gitano legítimo. A mi hermana y a mí nunca nos dejaban asistir hasta el final a aquellas veladas de poesía de la abuela;  siempre había un punto álgido en que nos mandaban a la cama con la excusa de que se hacía tarde. ¿Me has terminado el poema? preguntaba Amparo cada noche mientras bajábamos al río, y cada noche le decía yo lo mismo: me he enganchado en el último verso. ¿Es que es muy largo? preguntaba ella. No, tiene que ser muy corto para que todo cuadre, pero esos son los versos más difíciles, y además quiero que quede bonito y que exprese exactamente lo que siento; no me presiones, añadía en mi respuesta, soy un poeta lento pero seguro. A lo mejor puedes hacerlo sin que rime, solía recordarme en voz baja. Ara tocan les poesies de marranades, me decía Marta por el pasillo cuando buscábamos nuestros dormitorios y las puertas del salón ya se habían cerrado a nuestras espaldas, haciendo gestos obscenos con las manos y una sonrisa maléfica en sus labios de mujer mayor. Amparo siempre llevaba en la especie de capazo que usaba como bolso una sábana bajera de raso perfectamente limpia y perfumada; tenía tres juegos con diferentes diseños, y las alternaba para extenderlas sobre el suelo de un rincón de carrizo en la alameda, el más seco que encontramos, muy cerca de la playita que antaño aprovechaban los madrileños y madrileñas para refrescar los calores de la capital, el mismo lugar en el que unos pescadores rescataron el madero que hoy es patrón del pueblo. A pesar de que el recodo era seguro, nunca nos desvestíamos del todo. Si quieres verme los pechos o tocármelos me los saco, me decía las primeras noches hasta que comprobó que siempre lo deseaba; desde ese momento lo hacía sin preguntar, y así también se quitaba las bragas en vez de apartárselas o se soltaba el pelo si es que llevaba coleta. Consigo sin dificultad ahora recordar el tacto del interior de su sexo, aislarlo en mi memoria de todos los demás  De eso quizá tiene tanta culpa la naturaleza de su cuerpo como aquel ambiente único en que conseguí disfrutarlo, envueltos ambos en la penumbra azulada y en las fragancias que propiciaba, tan cerca del río, aquel mal río que nunca fue persona de fiar, “con manos y uñas como los malos bichos, siete capas con todos sus recovecos y sus dobleces, como una cosa viva, con más engaños que una zorra y más perversidades que si fuese un manojo de culebras, en vez de agua, lo que corre por él, sobre todo en la primavera, cuando las crecidas le hinchan el pescuezo como a un gallo en busca de pelea”, como bien quedo dicho en una novela que leí años más tarde, cuando ya estaba lejos de aquel mal bicho de siete capas y de la dulce Amparo.

Se subió encima de mí la primera noche y así me cabalgó las ocho o nueve siguientes para evitar el peso de mi cuerpo sobre sus heridas durante el tiempo en que el dolor y los cardenales se mantuvieron sobre sus blancas carnes. Más tarde pude tumbarla de espaldas sobre la sábana doblada que nos aislaba del carrizal y meterme entre sus muslos, o sentarla sobre mí bien empalada, mirándome o con los ojos cerrados frente a la corriente, tumbarnos  ambos sobre nuestros costados de cara al río -nunca al pueblo- o arrodillarnos uno frente al otro; todo lo que el deseo dispuso excepto ofrecerme su grupa con las rodillas y las manos clavadas en la sábana; Sheila nunca lo permitió. Aunque estuviese lejos de nosostros, aparecía corriendo en cuanto su ama se me entregaba de tal manera, se detenía a unos metros y lanzaba unos lúgubres aullidos en los que a veces Rot la acompañaba, quizá tan sorprendido como nosotros; con ese coro nada era posible, ni por nosotros ni por la amenaza de la presencia de los demás o incluso de la guardia civil ante tan lastimeras quejas, de modo que, tras un par de vanos intentos por acallar a la perra con ruegos, con regaños y con pedradas, acabamos por desistir para siempre. Las lágrimas se asomaban a los ojos de Amparo cuando aquello sucedía y temblaban un instante antes de secarse; es que a ti te gusta mucho de esa manera ¿a que sí? me decía entre sollozos.

Un viernes por la noche, Amparo apareció en la alameda algo más tarde de lo habitual, sola, sin su eterna compañera, con un gesto serio que no le conocía. Sin decirme una palabra ni mirarme, extendió la sabana sobre el carrizo y después sacó del capazo un bulto grande envuelto en otra sábana manchada de sangre. Lo depositó cuidadosamente sobre el suelo y deslió la improvisada mortaja. Me la ha matado a patadas, dijo abrazándome sin soltar una lágrima. Esa misma noche, de vuelta a casa, después de darle la cena a Rot, cogí el teléfono, llamé a Tinín y por fin le conté. A media mañana aparcó su Toyota frente a mi puerta. Mónica venía con él, tan contenta de verme que me dio un largo beso en la boca en mitad de la calle. Llamé a Rot y los cuatro nos subimos al Audi y dimos unas vueltas por los alrededores hasta las dos menos cinco. Como yo esperaba de un sábado a esa hora, Pedro ya había cerrado el portón del taller cuando llegamos, y echaba la llave a la puerta anexa de la oficina. No cierres, le dije bajando del coche, es cosa de un momento. Mónica, que llevaba a Rot de la correa, me acompañó. Se me pasa el arroz, nos dijo riendo y señalándome el reloj; sólo un minuto, quiero consultarte un detalle del coche. Volvió a girar la llave y entramos en la oficina. Vosotros diréis, dijo mientras miraba con descaro a Mónica. Tinín entró con una barra de hierro en el hombro cuando ya estábamos sentados y, sin saludar, abrió la puerta que comunicaba la oficina con el taller. Hola Pedro, dijo Mónica con la mejor de sus sonrisas mientras acariaba el lomo de Rot. Después de mirar como Tinín desparecía por aquella puerta, volvió  los ojos duros hacia mí. Paralizado, murmuró algo que no entendí y ella continuó hablando: sabes que trabajo con animales de todo tipo ¿verdad?; pero quizá Albert no te ha contado que empecé con perros, adiestrándolos, enseñándoles a hacer lo que yo ordenaba. Un estrépito de hierro contra hierro se escuchó en el interior del taller. Ahora sí entendí su balbuceo: hijo de puta, me dijo. Me voy del pueblo, Pedro, en unos meses, vuelvo a Madrid, esto ya me aburre y se me queda pequeño; no me llevaré a Rot, no quiero encerrarlo en un piso y además he pensado en regalárselo a alguien. Tres o cuatro meses, tiempo suficiente para organizar la mudanza de vuelta y para que Mónica -la besé en los labios- acabe de adiestrar a mi perro. Otro estruendo de máquinas rotas se oyó en el taller. Se convertirá en un guardaespaldas temible, te lo aseguro, dijo Mónica jugando con las puntas de las orejas de Rot; mejor que este incluso, añadió riendo mientras señalaba hacia el taller.

Pasado el verano, había completado la mudanza. Pedro y Amparo se divorciaron apenas unas semanas después de la muerte de Sheila; ella se marchó con Rot a otro pueblo aguas arriba, a un modesto pisito recién construido en el que, me contó a menudo por teléfono, se encontraba tranquila y feliz. En una de esas llamadas, antes de colgar, me dijo que esperase un instante y regresó al cabo recitando unos versos:

Por la tarde ves temblar

los cipreses con los pájaros

mientras bordas lentamente

letras sobre el cañamazo.

¡Amparo, qué solas estás en tu casa

vestida de blanco!

Estalló en una risa feliz. “Poema del Cante Jondo” pone en la portada, me dijo, y luego prosiguió sin parar de reír: eres un cabronazo. Lo hice así porque yo no lo hubiese escrito mejor, alegué acordándome de la abuela. Ya, contestó ella; dejó de reír; Rot te echa de menos, me lo dice a veces. Y yo también; bueno, ya sé que sigues con la rubia, pero ahora puedes venir cuando quieras y montarme a cuatro patas. En una cama seca y blanda, dijo volviendo a reír. Me gustaba el río, Amparo, solía contestar cuando deslizaba aquella invitación. La llamo un par de veces al año, para saber de ella y de aquel carísimo y rojísimo peluche que la guarda de todo mal.

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10 comentarios en “Amparo (parte 2ª)

  1. Vaya, vaya, he de empezar a pensar que tus historias deben tener un elemento universal, por lo menos referido a mi propio universo.

    Parte de la historia me ha recordado parte de una mía. Se refiere a la primera perrita que tuve. Somos tres hermanos y un día mi hermana pequeña (la mediana) encontró a una perrita perdida en la calle. Vivíamos por aquel entonces en las afueras de una población mediana (7/8.000 habitantes, mediana para la media de los pueblos de esa zona) y nuestra casa, aunque bloque de pisos, colindaba con huertas y terrenos cultivados. Lo bueno de ese tipo de municipios es que aunaban ciertas ventajas de tamaño con la libertad que los niños tenian en los pueblos pequeños.

    Como, a pesar de nuestra corta edad (creo recordar que era 13, 11 y 7 años), ya conocíamos la respuesta si planteábamos en casa el quedarnos con la perrita, decidimos hacerlo por nuestra cuenta, de forma clandestina.

    Le fabricamos un refugio con tablas en un descampado y le llevábamos la comida, a escondidas, desde casa. Esa situación duró unas pocas semanas, un día, un agricultor que tenia un campo cerca nos aviso “vuestra perra me esta destrozando las plantas”. ¿Era cierto?, pues s´y no, la perrita había escarbado cerca de dos o tres plantas de habas. Dos o tres plantas de un enorme campo con centenares o miles de ellas.

    A los pocos días, cuando fuimos a una de nuestras visitas alimenticias, nos encontramos a la perrita agonizando. De nuevo nuestra corta edad no impidió que supiéramos que había sido envenenada (los trozos de carne, sospechosamente diseminados por el descampado, sobre todo cerca de su refugio, ayudaron bastante en esa deducción) y tampoco impidió que en pocos minutos, tras la muerte de la perrita, acusáramos, juzgáramos y condenáramos a quien considerábamos claro responsable de eso.

    Ese día nos castigaron, sobre todo a mi, al mayor, mis padres me consideraron responsable de que mis hermanos y yo llegáramos dos horas más tarde del habitual “toque de queda”. Pero, os lo aseguro, arrancar, pisotear y destrozar un campo de habas de cierto tamaño es costoso en tiempo y esfuerzo.

    Un saludo.

    Pd: para nuestra sorpresa, esos hechos no tuvieron más consecuencias. Ningún agricultor se acerco a nuestros padres a acusarnos de vandalismo, ni ningún agricultor con campos de habas cercanos a nuestra casa nos interpeló nunca sobre el tema.

  2. En todas partes cuecen habas. Me alegro de que nuestros respectivos universos vuelvan a aproximarse, aunque haya sido a través de un agujero negro y por muy fugaz (puñetero Big-Bang) que sea o pueda ser esa proximidad.

    Bien resuelto ese juicio ultra-rápido, bien pisoteado ese campo. Nadie pudo levantar luego el dedo para señalaros, supongo, porque la culpa, ya sabes, pesa mucho. Si te parece, le vamos a dedicar la noche de San Juan a esas perritas, a la de Amparo y a la tuya. Desde ese universo que se expande lo agradecerán, sin duda.

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