Supe por primera vez de Raquel en el mismo instante en que subíamos al coche para emprender el viaje. Tinín la presentó como “su chica”, aunque yo sabía de la existencia de al menos tres mujeres más a las que podría haber dado en ese mismo momento igual tratamiento sin desmerecer. María Elena era vecina del barrio, pero no la conocí en las calles ni en los bares, sino en internet. Fue una tarde en que Tinín y yo teníamos muchas ganas de sexo pero pocas de bajar a buscarlo. Cinco minutos después de ver su rostro por primera vez, ya tenía sus grandiosos melones delante de mis ojos, a través de la webcam de Tinín. Estaba acompañada de una chica muy negra que presentó como su hija natural, a pesar de que la piel de María Elena era de ese antiguo pálido que tanto gustaba a nuestros mayores. También a mí, quizá por difusa influencia paterna -les dones, sempre de carns molt blanques, s’aprofiten millor-, frase que me ha llevado desde entonces a evocar con cierta melancolía las graciosas pecas, ya casi verrugas, que salpicaron siempre el escote de la mareta, tan guapa en las fotos de la boda y en las de París.

Shlomi Nissim – Little red 1

Aquel negro de la supuesta hija de María Elena tampoco podría haber sido heredado por vía paterna, porque al marido lo conocíamos bien. Tenía en el barrio una tienda de electrodomésticos de línea blanca y a Tinín le cayó mal desde el principio sólo por el aspecto, muy probablemente por el bigotillo y la escueta y rala melena que lucía el vendedor. Tan mal  que, a partir de una tarde en que se increparon mutuamente, raro era el mes en que las lunas del establecimiento no aparecían quebradas a pedradas.  Yo y Julio el comunista colaboramos más de una vez en aquel destrozo, una noche en concreto poco antes de follarnos a María Elena. Acabamos de reventarle la tienda a tu marido, le dijo Tinín justo cuando se la metía, y Julio me hizo notar que aquello todavía la había puesto más burra, porque los ojos la delataban, me dijo, y por la fuerza casi animal con que se aferraba a las nalgas de mi amigo para empujarla contra su propio cuerpo.

De la chica negra nunca supimos más, ni ella aclaró nada. Fueron cinco o seis sesiones en que María Elena, frente a la cam, la besaba en la boca ante la pasividad de la muchacha, la giraba de espaldas y bajaba despacio sus blancas bragas para meter dos dedos en el oscuro coño. Siempre empezaba igual, pero después su imaginación le dictaba caminos distintos en cada sesión; normalmente acababan las dos completamente desnudas, metiéndose en cada uno de los agujeros en que cabían, bien que mal, el arsenal de consoladores y juguetes que la madura blanquita tenía dispuesto para la ocasión. Por nuestra parte, no hacíamos otra cosa que masturbanos delante de ellas, insultarlas y corrernos lo más cerquita posible de la cámara a petición de la interesada.

Es curioso, o tal vez significativo, pero lo cierto es que apenas consigno datos de aquel viaje al norte -lugares, días, kilómetros, secuencia de los acontecimientos- en las cuatro cintas que le dediqué. Al contrario de lo que suele ser habitual cuando grabo, me entrego a una serie de reflexiones sobre el carácter de las mujeres y sus relaciones con los hombres que ahora no reconozco como mías, fundamentalmente porque ya no creo en nada de eso, porque el tiempo transcurrido -apenas siete años- ha tenido la virtud de borrármelas de la cabeza. De modo que por fuerza el relato de ese viaje constituirá tanto una transcripción de las escasas reseñas que contienen las cintas como del archivo de mi propia memoria, y resultará probablemente sólo una colección de escasos y poco reveladores episodios. Era mi coche, el Golf que tenía entonces, y nos turnábamos al volante, excepto Raquel, que con sus veinte años recién cumplidos aún no sabía conducir. La primera pausa para dormir fue Zumaia, y luego vinieron otras en Zarautz, Hondarribia, San Juan de Luz y Bayonne, pero, dado que estuvimos fuera de Madrid doce días con sus noches y que no repetimos en ningún hotel ni casa rural, por fuerza tuvo que haber más lugares de hospedaje que no consigo recordar. Hay otra excepción, aunque ésta no del todo singular porque sucede, aunque con muy poca frecuencia, en alguna otra transcripción en la que he permitido que alguna mujer diga algo: en la última cinta, durante más de diez minutos, se escucha la voz de Raquel, en realidad la risa porque apenas dice nada interesante ni, por desgracia, arroja luz alguna sobre los interrogantes que deja mi propio recuerdo de los hechos.

Hasta Burgos llevó el coche María Elena y Tinín, que se apresuró a reservarse el puesto de copiloto con mapa, dejó a su chica en el asiento de atrás, la mayoría del tiempo dormida con la cabeza apoyada en mi hombro o en mis muslos. No puedo recordar quién compartió habitación con quién en el caserío reconvertido en alojamiento rural que elegimos a escasos kilómetros del casco urbano de Zumaia, pero sí recuerdo cómo transcurrió la cena en uno de los restaurantes del paseo marítimo, y lo que sucedió después. Recién llegados al segundo local de copas, me giré hacia mis tres acompañantes para preguntarles qué querían tomar y sólo me encontré con el rictus inexpresivo -casi siempre lo era- del ojo izquierdo de Raquel, porque el derecho permanecía habitualmente ignoto bajo el lacio flequillo con que remataba su multicolor corte de pelo. Se han ido, me dijo sin añadir explicación alguna. Ron con limón para ella -aún lo sigue tomando- y bourbon sin hielo para mí. La besé en la boca camino de un rincón de la playa, abrigado del viento y de la luz de las farolas por un inmenso muro de piedra decorado en su totalidad con el anagrama y la leyenda que tantas veces y en tantos emplazamientos predominantes o señeros de cada localidad tendríamos ocasión de contemplar en aquel viaje: euskal presoak noséquémás, porque lo que seguía eran otras palabras en euskera que cambiaban con frecuencia. Ahora que he pretendido revisar en internet alguna foto actual de esas cuasi instalaciones, me sorprendo al comprobar que las pintadas y consignas han desaparecido como por ensalmo.

Shlomi Nissim – Little red 2

Otra cosa que no recuerdo es la dirección desde la que llegó la ola que nos sepultó cuando ya estábamos desnudos, que me arrancó el condón ya colocado y que casi nos ahoga. No contaba con las mareas del norte cuando empecé a besar la lampiña entrepierna de Raquel, tan deliciosamente suave y fragante. Tuve la suerte de rescatar mi ropa in extremis antes de que el mar la devorase, pero su vestido amarillo y su tanga blanco se perdieron para siempre. Así volvimos al alojamiento, yo sin camisa y ella sin pantalones, completamente empapados y descalzos. El taxista protestó pero se mostró comprensivo. Ni aquella monstruosa ola ni los riesgos, en absoluto calculados, ni siquiera una segunda ola que nos llegó al cuello cuando nos corríamos, lograron evitar que penetrase aquel sexo rosa y tímido mientras comía de su roja y atrevida boca. Aún dentro de ella, el oscuro y gigantesco anagrama de los presoak, sobre mi cabeza, me pareció un hermoso símbolo de paz y concordia entre los hombres. Fue un polvo contra viento y marea que todavía me excita recordar.

La playa de Zarautz estaba también generosamente adornada -en realidad la población entera, porque la enseña era tan desproporcionada que ocupaba toda la cima del monte que cerraba la bahía y era visible casi desde cualquier lugar- por uno de aquellos dibujitos con su correspondiente leyenda, en esta ocasión tan deficiente -o eficientemente, no sé- trazada que las líneas semejaban un ojo humano con su correspondiente pupila. De buena mañana, tomando el sol sobre el murete que confinaba la arena, vimos pasar a Karlos Arguiñano, departiendo en euskera con otros paisanos mientras caminaban por la hermosa playa, y por un caro capricho de María Elena, cenamos en su restaurante al anochecer. Mientras mirábamos la carta, ofrecieron como aperitivo unas sabrosas croquetas cuya textura, a decir de Raquel, que había empezado un curso en una escuela de hostelería, era un logro prácticamente imposible. No pudo reprimir la curiosidad y preguntó a quien nos servía cómo habían conseguido aquello, excusando su pregunta en su condición de cocinera primeriza. El camarero, un andaluz amable, le propuso pasar a la cocina para que allí le dieran una explicación completa. Algo azorada, Raquel accedió al privilegio y en su ausencia dimos cuenta de una botella de burdeos que Tinín pidió con una gran sonrisa en la boca. María Elena se colocaba la servilleta sobre las tetas murmurando sobre el súbito desparpajo de la mosquita muerta con un solo ojo. Llamó a su marido zalamera y cálida, asegurándole que en unos días estaría en casa, que el tiempo en Marbella era bueno y que el trabajo iba mejor de lo esperado.

Raquel y yo decidimos caminar por la playa antes de volver al hotel. Cuando entré en mi habitación, la que supuestamente compartiría esa noche con María Elena, encontré a Tinín repasando una vez más sus rumbosos pechos, tan abundantes y vehementes que él apenas podía abarcar uno de ellos con ambas manos. Ella tenía los ojos cerrados y Tinín lamía con tal avidez aquellas montañas mágicas que ni siquiera repararon en nuestra presencia. Abracé a Raquel, besé su cuello, le sugerí una ducha compartida mientras mi cama estuviese ocupada por los amantes. Reconocer con las manos enjabonadas su cuerpo menudo fue un placer antiguo que Tinín interrumpió metiéndose junto a nosotros bajo el agua, estrechando su cintura por detrás, besando su cuello mientras yo acariciaba con las yemas de los dedos su coño febril. Nos besó a los dos dejando que el agua caliente enjuagase su complacencia, tan medrosa como impaciente. Seca y bien peinada, con su eterno flequillo ocultando el lado derecho de su mirada, la tomé en brazos, la llevé hasta la cama y la tumbé bocabajo. María Elena fumaba completamente desnuda en la otra cama y desde allí me dirigió una sonrisa satisfecha. Aparté a Raquel el pelo de los ojos mientras Tinín se echaba sobre su espalda lamiendo su cuello, aferrándose a su cintura escueta. María Elena me reclamó y acudí a la otra cama para dejarme abrazar por ella. Me agarró la polla con la fuerza de los vencedores, me mordió los hombros y me dirigió al oído palabras tan encendidas como su sexo, firmemente pegado a mis nalgas, restregándose contra ellas. Tinín agarraba a Raquel del pelo mientras cabalgaba furioso sobre la chica, absolutamente inmóvil sobre la cama deshecha. Mírale, le decía gritando ¿te gusta mirarle mientras te follo? Era ella ahora la que una y otra vez apartaba el flequillo de sus ojos, permanentemente clavados en los míos. La mano que me masturbaba aumentó el ritmo y el aliento que me quemaba se me enredó en el cabello. Me gusta mucho mirarle, susurró Raquel aguantando las ásperas embestidas de su novio. Pero qué puta eres, Raquel, mi vida, le dijo Tinín ya desplomado sobre ella, lamiendo su espalda con el espíritu y las trazas con que un león saciado apura los restos.

Shlomi Nissim – Untitled

Contra mi criterio inicial, atiendo a María Elena desde hace dos años, es decir, desde pocos meses después de salir de la cárcel, en la que cumplió condena por romperle las piernas a su marido aplastándolas con una lavadora-secadora sin estrenar. Me dejé convencer porque me conmovió su insistencia y porque el caso -es una fervorosa y activa racista, pero se ha tirado a todos los negros que merodean por el barrio- es tan irresoluble, al menos para mí, que las consultas con ella me sientan como una oportuna hora de relax en la vorágine diaria. Además, muy a menudo se arrodilla entre mis piernas y me proporciona una mamada cuya calidad va por días, dependiendo mucho de su ánimo y del mío. Jamás habla de su marido, con quien por lo demás ha vuelto a pasear cogida del brazo por las calles del barrio, como siempre hicieron. Una mañana de meses atrás entró en la consulta una mujer de mi misma edad, bien vestida, con el pelo recogido en una coleta y el gesto seco; tras los lógicos titubeos iniciales, sin apenas mirarme, empezó a hablar de problemas sexuales con su reciente marido. Creí reconocerla desde el primer momento, pero luego dudé y cuando por fin estuve seguro, la interrumpí amablemente inclinándome hacia ella. Yo no debería tratarte, le dije, no es buena idea que el psicólogo y su paciente se conozcan. Se mostró de acuerdo. Desde entonces, hemos salido algún día para tomar una copa juntos. La última vez que nos vimos, le pregunté si había vuelto a comprarse un vestido amarillo como aquel. He olvidado tantas cosas como tú de ese viaje, me confesó con una risa franca, mientras yo deshacía su peinado para volver a contemplar, por un instante, el pelo sobre sus ojos.

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16 comentarios en “María Elena

  1. Hola, Chico Guapo

    Sigue siendo un placer leer tus cintas. Es este un raro ejercicio, conocer parte de tu experiencia vital y de las mujeres que te la proporcionaron a través de la excusa extraña de un psicólogo que, arrinconando su código deontológico, nos cuenta sobre sus pacientes, aunque no mucho sobre sus problemas, por lo que supongo que la ética profesional queda completamente a salvo.
    Algo me inquieta ¿por qué si el vestido de Raquel era amarillo, ilustras esta cinta con una chica de vestido rojo? ¿por qué en lugar de un mar de aguas hay un mar de hierba? A lo peor le estoy buscando tres pies al gato…

    Un beso fuerte

  2. ¡Follar en Euskadi!¡Y en la playa! ¡Sacrilegio! Si te llega a pillar Mari (Diosa suprema de la mitologia vasca) te bebe la vida, ¡Sátiro! ¡Hostias ya!

  3. Hola guapa. Gracias. Sigue siendo un placer tenerte como lectora. No sería la primera vez que tengo follones liegales con el código deontológico, pero no precisamente por este blog, desde luego; además, ya sabes que es fácil despistar, hurtar la identidad de alguien con un simple modificación del detalle; quizás es triste, pero muy cierto: no somos más que una colección de detalles intercambiables. De modo que no, no renuncio a comentar las conversaciones con algunos y algunas pacientes antiguos, porque las hay realmente jugosas; hay quien hasta me ha dado su permiso, no te digo más. Sobre el vestido de la chica de la foto: pobre de mí, yo no tengo el talento de los Grimm ni del fotógrafo judío para captar, o al menos intentarlo, ciiertas realidades complejas con apenas un cuento para niños o una cámara digital; el vestido, no lo dudes, era amarillo. Un beso grande, chica grande.

    Sardina: me encanta tenrte por aquí, no te pierdas. No jodas que el Pacto de Lizarra regulaba también este tipo de cosas; en cualquier caso, no me gusta generalizar pero tengo que confesar que las mujeres más feas que recuerdo las vi precisamente allí, sobre todo en las Herrikos, en una de las cuales, en Hondarribia, tuvimos más de un problema al que quizá también debiera haberle reservado espacio.De modo que no me extraña que la tal Mari dictara legislación diivina al respecto. Pero también es cierto, justo es reconocerlo en honor de mi amiga Itziar, por ejemplo, que la que rompe el molde deslumbra. Tienes que contarme más sobre esta Mari y el resto del Olimpo vasco, la cosa promete. Un saludo pues.

  4. Me gusta leerte Albert, te haces ameno habitualmente.
    Me jode la suerte que tienes con algunas cosas, mira que potra tienes, coño; te enumero las que me han llamado la atención de este relato.
    1- Te llega una ola follando, se marcha el vestido de la chica…. y continua follando contigo….jajajaj…….la hostia tu, que dicen por allí.
    2- Decides ir a comer a Arguiñano….y hay sitio¡¡¡¡¡.
    Este punto me sorprende aun más que el que no se fuera la moza tras el vestido ……jajajajaja

    Un abrazo y que pases unos buenos días, al igual que al Sardina y a Honeybb.

  5. Gracias Marpart. Me sorprenden tus sorpresas, realmente. Probablemente en la primera cuestión a la que te refieres, la del vestido y la ola, la culpa es mía, por no haber sabido transmitir lo que fue aquello: por algo digo que aún me excita recordarlo; pero vamos, ni siquiera hace falta un polvo histórico para que dos veinteañeros se presten más atención uno al otro que a unas ropas definitivamente tragadas por el mar. Supongo que le gustaba yo más que el vestido. Lo realmente sorprendente, en realidad, es que me hubiese abandonado para lanzarse al oscuro cantábrico a intentar un rescate imposible. De haber sido las mías las que se perdieron, yo desde luego no lo hubiese hecho.

    Lo de Arguiñano debe haber cambiado mucho desde la última vez que fui, porque no he estado una vez en Zarautz, sino tres, y en todas he cenado en ese restaurante; dos de ellas, incluida la que se relata, con reserva previa esa misma mañana, si no recuerdo mal. En la tercera, de eso estoy seguro, ni siquiera reservamos: fuimos directamente y había sitio de sobra. No es El Bulli en ningún sentido, claro. Tal vez sucede que hay demasiado mito con esto de los cocineros famosos. Un abrazo, me alegro de verte por aquí.

  6. me gusta leerte… aunque me parezca todo tan rocambolesco, tan de pelicula.. supongo que es lo que tiene no haber salio der pueblo..

    un beso, casto y en bajamar..

  7. Gracias Lunera. No te preocupes, a mí ahora también me lo parece por momentos 🙂 Tampoco te preocupes por las mareas, las de ahí creo que las tengo controladas. Lo que no acabo de controlar es el bendito levante, que me seca hasta las ideas. Supongo que es cuestión de acostumbrarse. Un beso casto.

  8. De Hondaribia recuerdo, igual que en Zumaia, un viejo caserío en un hermoso paraje de las afueras convertido en hotel rural y regentado por una pelirroja pecosa que, además, cocinaba como los ángeles. Recuerdo por supuesto que, probablemente junto con Pedraza, Albarracín o Vejer de la Frontera, es la localidad más hermosa que he tenido ocasión de visitar en territorio español. Un pequeño fetichismo personal: el placer de cruzar la frontera simplemente caminando por un puente sobre la ría en la cercana Irún; de contemplar mi país y el bellísimo perfil de la ciudad (Hondarribia) desde un parque en Hendaya, al lado de mariscadores aficionados que entrebuscaban en las charcas que dejó la marea nocturna. El ascenso a pie hasta el parador y el grandioso paisaje que se divisa desde la plaza donde se asienta. Alguna cosilla más que sucedió en ese hotel rural. El mero placer de caminar por sus calles, o los paseos por lo alto de la muralla. Eso a botepronto, porque el lugar me dejó tan impresionado que llené casi tres tarjetas de memoria de la cámara fotográfica. Un pequeño libro antiguo sobre detalles históricos y curiosidades de la localidad que, lamentablemente, perdí antes de llegar a Madrid, y del que no recuerdo autor ni título, aunque estoy seguro de que éste incluía la palabra “Fuenterrabía”. Con toda seguridad, haciendo memoria y charlando con quien entonces me acompañó, rescataré muchos más detalles, pero si hay algo en particular que te interesa, no dudes en volver a preguntar. Aunque sospecho que conoces la ciudad más que bien. Saludos.

    Lunera, he visto a las gaviotas varadas en el aire, completamente inmovilizadas, desorientadas por el viento repentino. Y he oído, aunque esto no pude comprobarlo personalmente, que cuando sopla, en ocasiones las sábanas se secan antes de llegar siquiera a colgarlas en el tendedero. Sí recuerdo, claro, la sensación de estar en la playa, por ejemplo en la de Conil, a un paso del agua pero con la boca y los ojos tan secos como si en vez de la orilla del mar, aquello fuese el Sahara. Besos.

  9. Perdón, Sardina. Susi, que sólo le echa un vistazo al blog cuando, como en estos días, “no tiene ganas de nada”, me advierte de que he entendido mal tu pregunta. Por razones que no vienen al caso y que tienen que ver sin duda con la deformación profesional, saqué la conclusión al leerte de que vives en Hondarribia y te interesa lo que un forastero pueda opinar de la ciudad -y además, no te lo pierdas, me sentí orgulloso de mi perspicacia-. Susi me aclara, sin duda con razón, que te refieres a lo que comenté sobre el incidente en la Herriko taberna. No es precisamente un recuerdo maravilloso, pero te hablo de ello con mucho gusto.

    Como sin duda sabes, no siempre es fácil distinguir las Herrikos desde el exterior. Teníamos hambre y nos metimos en el primer local que encontramos; resultó ser un agujero de esos, claro, pero sólo nos dimos cuenta cuando vimos los bonitos pósters que adornaban las paredes del lugar, incluyendo un mapa de “Euskal Herria” al completo, norte y sur, de dimensiones que jamás he visto en ningún otro mapa ni póster. El local estaba completamente vacío, a excepción, obviamente, del tipo que atendía el lugar; y de un cliente evidentemente borracho, sentado en la barra, fumándose un porro casi más grande que él mismo, porque era tan enclenque y bajito que rozaba la malformación; completamente calvo, además. El sitio era muy grande, y nos sentamos en la mesa que encontramos más alejada de la barra. El calvo hablaba sin parar sin que el camarero, que nos atendíó con amabilidad, pareciese prestarle la menor atención; no lo hacía en euskera, pero tampoco en castellano, sino en catalán con un marcado acento de la Garrotxa que reconocí sin problema. Entre la forma en que arrastraba las palabras debido al colocón y ese acento tan cerrado, dudé de que su interlocutor entendiese algo de lo que decía. No sé, claro, de qué hablaba el tipo antes de que entrásemos, pero fue más que evidente que cuando vio cuatro “extranjeros” y nos escuchó hablar en castellano, alzó la voz para que le oyésemos bien y maldijo a los putos españoles y al sometimiento que desde Madrid se imponía a los pueblos de la península; el camarero guardaba completo silencio mientras el otro peroraba acerca de las virtudes de la violencia para revertir esa situación; en fin, no recuerdo bien la cantidad y variedad de sandeces que pudo llegar a decir, pero sí que, cuanto más hablaba, más vehemente se mostraba, hasta el punto de que por los gestos y los gritos ya se le entendía todo, aunque continuaba hablando en catalán.

    Tinín, visiblemente incómodo como todos nosotros ante la más que obvia y gratuita provocación, me preguntó de qué hablaba el monigote, aunque él ya lo intuía de sobra. En fin. Me negué a darle detalles porque le conozco, pero él alzó también la voz para que se le oyera bien, insultando al tipo, a su puta madre y a la del camarero por si acaso. La cosa empezó y casi tetminó con un golpe de mi amigo que estrelló la frente del enano contra la barra y le dejó sangrando e inconsciente. El camarero se apresuró a cerrar el local para impedirnos la salida, pero a pesar de una especie de enorme palo que blandía, logramos abrir la puerta y salir corriendo. Abandonamos el pueblo en aquel mismo instante, pero la paranoia nos duró todo el resto del viaje, hasta el punto de que en Biarritz y en algún otro sitio nos pareció notar que había gente que seguía nuestros pasos. Sólo era miedo, evidentemente. Han pasado casi ocho años. Dejémoslo aquí, que ya me ha salido bastante largo y hay detalles, como el lugar del pueblo en que estaba aquel local o la reacción de la pelirroja dueña del hotelito rural cuando notó nuestras prisas por pagarle y salir a escape, que probablemente estén mejor en el cajón. A pesar de todo, recuerdo Hondarribia como un maravilloso lugar. Años más tarde, en Formentera, conocí a un par de vecinas de la localidad, una de ellas prima carnal de un conocido poeta andaluz. Un saludo.

  10. Es lo que tienen los templos malditos, mejor pasar de largo. Conozco el sitio, un agujero oscuro en una preciosa calle empedrada con casonas blasonadas. Muy bodeleriano: belleza y horror; luz y oscuridad. En cuanto a lo que os pasó, no caben consejos, hicisteis lo que os pidió el cuerpo. ¿consecuencias? En este puto país todo tiene consecuencias. A vosotros os dejo esa paranoia que os acompañó hasta Biarritz y ese mal sabor de boca. Una pena.

  11. Sardina, ¿qué sabemos de Euskadi?, que decía Reixa. Sabrás perdonarme si no es así, pero me parece detectar en tus palabras y tu tono esa especie de exilio interior en el que a veces se refugia la inmensa mayoría de los vascos, los que no pegan tiros ni los “entienden” ni se pliegan. He estado muchas veces allí, siempre con buen sabor de boca; y no lo digo sólo por el besugo de Orio 🙂 Un paseo por la Concha le quita el mal rollo a cualquiera. Las cosas son muy distintas, lo imagino, mucho más difíciles de encajar, para quien vive allí todo el año. En cualquier caso, la impresión desde aquí es que el asunto está cambiando definitivamente. Un saludo.

  12. Gracias Nerea. Me gusta tenerte otra vez como lectora y te he echado de menos como secretaria: en estos días he tenido que currarme en solitario la sustitución de los vídeos y los audios de todas las entradas, que andaban escacharrados. Cuento contigo. Besos.

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