Esta tarde encontré a Mónica en la terraza de El Castellano, que siempre es el primero en sacar las mesas cuando el sol se impone, aunque sea por la mínima.  En realidad, ha sido ella quien nos ha encontrado a nosotros, a mí y a Julio el Comunista, que caminábamos por la acera hablando de Eric Abidal, sin fijarnos en los clientes de la terraza. Ni siquiera me ha llamado a mí, sino a él: ¡Julio!, escuché de una mesa cercana. Reconocí su voz antes de girarme para mirar. Tomaba una coca cola acompañada de una chica que no había visto nunca y me saludó después que a Julio, con los mismos besos en las mejillas pero sin el abrazo que le ha dedicado a él. Qué tal Albert, cuánto tiempo; ¿os tomáis algo o vais a alguna parte? Julio, por supuesto, se ha dado prisa en asegurar que no teníamos prisa. Nunca la tiene cuando se trata de Mónica.

La rubia que compartía mesa con ella ha resultado ser una compañera de trabajo, una nueva que yo no conocía. Han regresado ambas hace apenas un mes de Japón, de un corto viaje para negociar una entrega que ya nunca se producirá. Una gran putada, ha dicho la rubia, el trato estaba hecho. Tres primates, dos macacos japoneses y un tercero que era el gran objetivo de la expedición, de cuya especie ni siquiera he retenido el nombre. La rubia tenía que marcharse y Mónica la ha acompañado hasta el coche con la promesa arrancada por Julio de que regresaría para estar un rato más con nosotros. En cuanto se han alejado se lo he dicho: Julio, pírate. “Pero coño”…no ha protestado mucho más; ha esperado a que ella volviese, ha improvisado una torpe excusa y ha disfrutado antes de irse de nuevos besos y abrazos en la despedida;  con eso tiene, calculo, para más de un mes de fantasías antes de dormir.

Mónica regresó a la mesa con el pelo suelto, a pesar del viento tibio que tiraba los servilleteros de las mesas. No es fácil verla así, sin coletas, trenzas ni pasadores. Llevaba dos grandes aros en las orejas, una pizca de rimmel y los labios pintados de rojo fuerte. Qué tal el trabajo, ha sido mi primer comentario cuando nos hemos quedado solos. Muchos viajes y mucho lío, ya sabes; se nota bastante lo de la crisis, las visitas han descendido. Al  menos los empleados no se quejan, le he dicho para conseguir la primera sonrisa dedicada de la tarde. No te creas, dices eso porque no los conoces bien. No tanto como ella, por supuesto, pero desde que vivo en Madrid he pasado muchos, muchos días paseando por el zoológico. Nunca pagaba la entrada, pero no siempre iba para ver a Mónica. Me gustaba fumar observando a los mandriles, mirar al gorila a los ojos o leer frente al recinto de los lobos ibéricos si tenía que esperarla.

Sabemos que va a ocurrir, que tarde o temprano sucederá.  Mónica hablaba apartando constantemente el flequillo que el viento se empeñaba en deslizar sobre sus ojos. Igual que con nuestra propia muerte, preferimos vivir de espaldas a ello. No sólo los japoneses: los californianos o los canarios sin ir más lejos. ¿Sabes que la isla de La Palma desaparecerá bajo el Atlántico más temprano que tarde, que ya está empezando a resquebrajarse y que ese hundimiento provocará un tsunami con olas de más de quinientos metros? Sí, lo sabía, Ana me habló de esas previsiones de los geólogos en la misma Caldera de Taburiente –iguida iguan idafe– pero he querido hacerme el sorprendido ante Mónica. La conversación se había deslizado inevitablemente hacia el desastre japonés y yo asistía asintiendo apenas a sus pensamientos en voz alta. No, ni siquiera es como nuestra propia muerte, es mucho peor: no estamos preparados psicológicamente para asistir al fin del mundo tal como lo conocemos; porque nunca pasa nada, pero va a pasar, irremediablemente, y sólo nos queda el consuelo de saber que tal vez no nos toque verlo a nosotros. La angustia de estos días no responde al presente, sino al futuro: lo que está ocurriendo en Japón nos obligar a mirar el filo de la navaja, a saber lo que preferimos ignorar.

Yo, por mi parte, prefiero no saber si Mónica me hablaba conscientemente como lo hubiese hecho con Julio o con la rubia, con cualquier otra persona. Si hablaba del mundo porque realmente le apetecía compartir sus pensamientos o tal vez lo hacía para no dar lugar a silencios o, peor aún, a una conversación decididamente privada, esa que ambos sabemos que más temprano que tarde tendrá lugar entre nosotros. Sólo me ha preguntado por Marta, como si el resto de mi mundo, que ella tan bien conoce, hubiese sido tragado por el oscuro océano. Al llegar a casa he llamado a Julio. No te preocupes, me ha dicho con aire de suficiencia impostada, el mundo está lleno de mujeres. Antes de dormir he pensado en esos monos, engullidos por la tierra quizá, ahogados o sometidos a la radiación. Este fin de semana iré al zoo, le he dicho a Mónica cuando nos despedíamos en la terraza de El Castellano. No estaré allí, no trabajo hasta el lunes, ha contestado con toda la inexpresividad de que ha sido capaz. No importa, me quedaré mirando a los lobos. Tendrás que pagar la entrada, ha contestado riendo y besándome en las mejillas. Era J’adore, de Dior, me ha dicho Julio antes de despedirse. Vete a dormir, anda, que el mundo se va a acabar. He oído una carcajada al otro lado del teléfono, he colgado y he cogido la grabadora con intención de grabar, por fin, una cinta que hable de Mónica.

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6 comentarios en “Toc, toc

  1. Hola chico guapo, te has saltado la mejor parte de la historia. Nos has puesto el caramelo en la boca y no he podido ni saborearlo un poquitillo…
    Ese mono de la foto está muy triste… mucho.

    Un beso

  2. Hola rubia. Yo creo que se trata de eso, de que la historias se construyan del algún modo en torno a dos ejes: lo que se cuenta y lo que no se cuenta; y, desde luego, esta última parte no es (no debería ser, al menos) menos importante que la primera. O quizá se trate solo de mi atracción personal por las historias narradas así: son por lo general las que más interés me despiertan. Se puede saborear perfectamente, creo, lo que no hay en los textos. De modo que tomo como un elogio tu comentario.

    Sobre el mono: me has hecho darme cuenta de que no había consignado el nombre del autor de tan magnífica foto, pero ya está arreglado al pie de la misma. Los macacos japoneses tienen al menos dos particularidades curiosas: una, son los primates que viven en latitudes más al norte -obviamente sin contarnos a nosotros-, de modo que algunos de ellos pasan casi toda su vida rodeados de nieve; como en nuestro caso, tampoco su cuerpo está preparado para soportar esas temperaturas, pero han conseguido colonizar las montañas y bosques altos del Japón norteño no a base de ponerse ropa, como nosotros, sino de asegurarse vivir cerca de fuentes termales donde puedan sumergirse de vez en cuando para regular la temperatura corporal. No en vano, y esta es la segunda particularidad, se trata de los primates de mayor inteligencia del reino animal -de nuevo, lógicamente, descontándonos a nosotros-.

    Aprovecho para aclarar, porque me lo han preguntado mucho, si la foto está retocada o no en allgún sentido: la respuesta es que no, la imagen es exactamente la que el fotógrafo tomó en vivo, dentro de una de esas fuentes de aguas termales, y el extraño color de la cara del mono corresponde precisamente a la sangre repartiéndose por las zonas a calentar. Gracias a Mónica apor los datos y la “información técnica”.

    Joder, cómo me enrollo. No tengo ningún futuro en el Twitter ese. Un beso, chica guapa.

  3. Ahora lo entiendo. Rodeada de nieves yo también andaría con la carita triste.
    Tómalo como un elogio… es una puñetería lo mío de querer saber siempre lo que no se cuenta, he de mirármelo.

    Un beso, chico guapo. Esto tuyo marcha y me alegro.

  4. Honey por supuesto, la culpa de todo es del invierno. Creí que eso estaba ya más que claro. En todo caso, tanto el mono como tú deberíais alegrar el careto: ya es primavera, dicen. Gracias por tu comentario final. Un beso, chica guapa.

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