Tal vez alguno de ustedes, atentos lectores, recuerde su nombre -su nick, en realidad- porque he tenido el honor de contarla puntualmente entre mis comentaristas. Dafne se ha marchado. Yo la conocí de la mano del Capitán Haddock, que contra viento y marea logró cogerla de la cintura, sacarla de su lejanísimo país y meterla en el avión -los aviones, casi una vuelta al mundo- que la trajeron a Madrid. Tuve una pequeña parte de responsabilidad en aquello, un minúsculo grano de arena contra aquel viento y aquella marea que si ahora recuerdo y manifiesto no es por su relevancia práctica, sino porque hay pocas cosas de las que me sienta más orgulloso.

Ha regresado a su tierra. Nadie, ni ella, esperaba que sucediera tan pronto, pero las cosas casi nunca salen como se planean. No ha vuelto a casa, en realidad, porque su casa está aquí, en este país y en esta ciudad, sino a cumplir con la misión para la que ha sido requerida: la exploración de uno de esos escasos rincones de los que aún lo ignoramos casi todo. Un largo viaje a lo desconocido, podría decirse usando el lugar común. Yo, como tantos otros, he tenido la fortuna de disfrutar de su inteligencia, sus conocimientos, su corazón y sus manos; manos tan capaces de salvar cientos de vidas como de construir barcos de papel que apenas caben en un garaje, y entiendo perfectamente por tanto que hayan querido contar con ella, que la hayan reclamado para tan ardua y trascendental tarea. Y entiendo aún mejor que ella, íntegra y cabal en todo lo que se ha propuesto, no haya tenido más remedio que cumplir con el compromiso pactado.

“¡Estás loco, qué haces aquí!”, me dijo sorprendida al verme mientras acariciaba y besaba mi rostro cuando fui a despedirla. A Haddock, por supuesto, le ha dejado todo lo que no ha podido llevarse a su viaje. Pero entre esas cosas había también algo para mí. El mayor regalo, en realidad, que una persona puede hacerle a otra; un tesoro que disfrutaré y defenderé el resto de mi vida.

Dafne me ha animado alguna vez a continuar con este blog, que le interesa y le divierte. Lo haré en su honor, por supuesto. He pasado muchos meses dedicado prácticamente en exclusiva a sacar adelante mi novela, aquel proyecto sobre un cuarentón en crisis existencial del que les hablé en su momento. La tarea me está robando mucho más tiempo y energías de lo que esperaba, pero confío en asomarme a saludarles de vez en cuando. Ustedes por su parte, amables lectores, pueden si lo desean intentar mover las caderas con lo que suena abajo. Permítanme advertirles, en todo caso, de que jamás conseguirán hacerlo como lo hace ella. Confío en que, en sus nuevos quehaceres, encuentre los ratitos, la compañía y el ánimo suficientes para seguir bailando. Suerte, Dafne. Te quiero.

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10 comentarios en “Dafne

  1. Buenas noches Albert!
    Que sorpresame llevé al entrar por enésima vez… has vuelto!!
    No te vayas muy lejos!

    Buen viaje para Dafne, que le vaya bien en su andadura.

  2. Hola Tesa, un placer verte de nuevo por aquí. Mi novela va sin tilde y viento en popa: ahora mismo la tengo en un punto álgido: a ver qué pasa.

    Sobre el vídeo, viene a cuento una aclaración, porque me percato ahora de que quien lo colgó no consignó el nombre de los intérpretes: se trata, nada menos, que de Los Van Van, una de las mejores bandas del mundo. No lo digo yo solo: pregúntales a los que de verdad saben. Me alegro sinceramente de que te haya gustado, porque a mí me hipnotiza cada vez que lo veo.

    Saludos.

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