Cuando la vi en televisión, recordé vagamente su cara, aunque no puedo estar seguro de si era ella. Acababa de extinguirse el mayor incendio de la última década en Baleares por superficie quemada, y el más grave registrado en su historia en relación con el riesgo para la población. La policía la interrogó porque los técnicos llegaron a la conclusión de que el fuego se originó en la cueva que habitaba junto a otros, y después los periodistas le pusieron un micrófono en la boca.

Desde luego, estoy convencido de que, si no se trataba de ella, la estoy confundiendo con otra perteneciente a la misma especie, probablemente endémica de las Pitiüses. No sé si habrá algún zoólogo trabajando en ello. La que yo conocí hace ya años y me pareció reconocer en la de la tele se dedicaba a recogerle las pelotas a su compañero. No me refiero a los cojones, aunque lo cierto es que al tipo que siempre la acompañaba no le hubiese venido mal alguien que se los apuntalara, porque se arrastraba a todas partes con tanta desgana que llegué a pensar que le estorbaban para moverse. Todos los días se les podía encontrar en la playa en la que vivían, fumando porros y, en los ratos de ocio, preparándose para el futuro: intentaban adiestrarse con tres sobadas pelotas de goma, practicando ejercicios de malabares como excusa para sablear a los turistas por las noches en el paseo marítimo. Los estuve observando todas las tardes durante más de un mes, y en todo ese tiempo el tipo no consiguió mantener las pelotas en el aire más de cinco segundos seguidos. Ella se situaba a un metro de él, con la única misión de agacharse a recogerlas de la arena todas y cada una de las veces que él las dejaba caer. Se las devolvía con gesto de sonámbula y vuelta a empezar. Lo cierto es que el malabarista tenía un profesor, otro de la misma estirpe que parecía algo más espabilado y se prestaba ocasionalmente a ayudarle con los ejercicios. Cuando vio que era la novia de su alumno la que recogía las pelotas, movió la cabeza en señal de desaprobación. No, tío, no, le decía con gesto marcial, esto no puede ser, las pelotas no puede recogerlas ella porque a esto se aprende sufriendo, rompiéndote la espalda de agacharte a por las putas pelotas; es una cuestión mental, le decía a gritos señalándose ambas sienes con sendos dedos: si no te jodes la espalda, nunca serás un buen malabarista.

A la mayoría de ellos, sin embargo, lo de las pelotas les parecía probablemente demasiado complicado o trabajoso, de modo que se dedicaban a ayudar a los vendedores de los mercadillos del paseo, yendo a por cambio a los bares o envolviendo los abalorios que allí se vendían. Judit tenía dos o tres de estos empleados, a los que incluso ocasionalmente llevaba a su casa a dormir en las noches de lluvia. Es curioso; mientras escribía he caído en la cuenta de que no recordaba haber hablado de Judit en ninguna de mis cintas grabadas, y me ha chocado tanto ahora que he pasado un rato escuchando pasajes de algunas de ellas en los que quizá podría haberla mencionado, sin resultado. Era una pintora aceptable, pero se ganaba la vida en la isla, estampando con henna o tinta tatuajes perecederos en los cuerpos de los turistas. Cuando la conocí, le pedí que me pintase una cruz alada en un hombro; a la semana siguiente volví para unas letras chinas en un brazo; días más tarde, la sargantana que había elegido para el tobillo se quedó esa misma noche impresa en las sábanas de su cama.

Una de esas artistas a las que socorría y cobijaba en su propia casa le robó una noche la recaudación de todo un día de trabajo. Viendo las llamas en Benirrás he recordado también, claro, a otros de la misma tribu que, en lugar de con los malabares, optaron por practicar con una especie de serpentinas a las que pegaban fuego para después hacer payasadas con ellas alrededor de su cuerpo, mendigando unas monedas a cambio de su arte. Pasaban el día entero ensayando con el fuego, en las playas y en las cuevas. No podría asegurar, como dije arriba, si la que hablaba con los periodistas era la recogedora de pelotas, pero en todo caso se parecían físicamente y compartían los signos tribales: el rostro prematuramente envejecido, la mirada de estar eternamente fumada, la actitud ausente de quién no sabe ni le importa de qué le están acusando ni qué ha pasado ahí fuera. Los hippies isleños tienen tanta vida interior que la exterior les resulta superflua. Hacer arder el paraíso, poner en peligro a la gente o pasar una buena temporada entre rejas, como debería ser el caso -qué menos- son asuntos terrenales para los que no tienen ni necesitan respuestas.

Paz y amor para todos. Pasen un buen fin de semana.

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5 comentarios en “Matar hippies en Ibiza

  1. Hola Albert, estoy un poco out del mundo, por eso puede que me haya gustado leerte sobre los hippies. Este fin de semana me voy a Javea a desconectar… asi que me acordaré de tu post, aunque no creo que encuentre malabaristas ni razas de seres parecidas por alli, me imagino que lo que me encontraré será mucho guiri con la naríz roja.
    Te reitero mis felicitaciones y sobre todo mi agradecimiento a tu comentario en Divinas por mi regalo de cumpleaños, me hizo mucha ilusion saber que nos visitas de vez en cuando.

    Muchos besitos amiguito cibernético (esto ha sonado a la guerra de las galaxias, jajaaja)

  2. Curioso esto de los hippies… en el momento que tienen la mínima oportunidad de dejar de serlo, a tomar por el culo las creencias anteriores…. se verán con mejor cara.

    Saludos Albert

  3. Cierto Marpart. Eso para los hippies originales, los que aspiraban a cambiar el mundo a base de paz, amor y tripis. Hay miles de ejemplos de lo que dices. Pero es que estos de los que yo hablo no creen en nada; para abrazar la pereza, la desidia y la estupidez, no hay mejor coartada que hacerse jipi. Sucede con demasiada frecuencia, en realidad: no vivimos en función de aquello en lo que decimos creer, sino que más bien adaptamos las creencias a lo que realmente somos. Siempre es un placer verte por aquí.

    Exacto, estimado Gillipollas: cuando se hartaron de follar, se afeitaron las barbas. Saludos.

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