(ver parte 1ª) 

Estás muy callado; no me jodas que te has enamorado. La pregunta me sacó del sopor con el que intentaba combatir el frío; me giré hacia Ignacio y le miré como a un alienígena que acabase de materializarse en el coche. Nos sostuvimos un instante la mirada en silencio, hasta que estallamos al unísono en una carcajada a la que se sumaron los del asiento de atrás. Llevábamos muchas horas varados en lo más alto del paso de Despeñaperros, esperando a que la Guardia Civil nos diera permiso para bajar el puerto. Aquella primavera fue tan inusualmente destemplada que, en el regreso desde Sevilla, una nevada nos sorprendió sin cadenas en ese puerto. Vente p’acá y déjate de frío. En las semanas siguientes a nuestro primer encuentro, Eugenia y yo nos mantuvimos en contacto mediante el teléfono y las cartas manuscritas. Cualquier fin de semana que quieras venir, la casa está para nosotros solos: las niñas aquí ya no paran, se van a la playa o al pueblo; no te pido que te mudes de barrio por un beso, sólo que vengas una vez más. Luego habría muchos regresos desde Sevilla, ya en solitario, y alguna vez eché de menos a Ignacio en el asiento del copiloto haciéndome otra vez esa pregunta.

Apenas unas semanas después, Uge fue a recogerme a Santa Justa. Me sorprendió su aspecto; quizá por el tiempo transcurrido, o tal vez porque en aquellos locos días apenas la había visto así, vestida o a la luz del día. Se había recogido el pelo y llevaba un vestido alegre y caro con la elegante naturalidad de las mujeres que están acostumbradas a hacerlo. Caminaba por el andén con los ojos húmedos vueltos hacia mí, asegurándose de que quien iba junto a ella era realmente yo, el catalán de Madrid, el mismo al que se había follado mil veces en aquella cama alta, blanda y ruidosa que aún hoy no sé de quién era. Ya estás moviendo el rabo, le dije señalándole el charquito en sus ojos, y ella me rodeó velozmente por la espalda riendo como una perrita feliz para buscar mi mano sin maleta: qué sabrás tú lo que se me moja a mí cuando estoy contenta. Es que no me lo puedo creer, tú y yo paseando como príncipes por la estación; te he echado mucho de menos, niño. Esta noche nos vamos de concierto, en el Parque, luego te cuento. Ahora te tengo que contar otra cosa, dijo al tiempo que se detenía y tiraba de mi mano. Se había puesto seria súbitamente. No estamos solos, Lala ha tenido que quedarse a estudiar porque el lunes tiene examen; se calló un instante como si aguardase mi reacción pero continuó sin esperarla: yo no puedo echarla y ha jurado que no saldrá de su habitación. ¿Quién es Lala? Habían hablado de ella, con toda seguridad también mencionaron su nombre, pero yo había borrado de mis registros a aquella cuarta habitante de la casa, la que no conocí en mi primera visita. Si a ti te da igual, a mí también, le dije tirando de ella de nuevo hacia la salida, tenía ganas de llegar a la cama; te pongo la mano en la boca y ya está, le dije al tiempo que buscaba sus labios. Pero ella no pudo recibirlos, se lo impidió la risa súbita: no, tú por el ruido no te preocupes, dijo con un tono guasón que me desconcertó. Te va a gustar, ya lo verás, tengo ganas de que os conozcáis, es mi mejor amiga.

Claro que me gustó. Su mejor amiga salió de la ducha cuando yo abría mi maleta, con la larguísima melena empapada y un vestido playero sin sujetador que a duras penas contenía su cuerpo rotundo. Me sonrió desde la puerta sin decir una palabra y sin decir una palabra se acercó a besarme en las mejillas. Luego se giró hacia Uge al tiempo que abría los ojos exageradamente y, en completo silencio, hacía un delicado y solemne gesto con la mano, como si estuviese moldeando con ella las suaves líneas de su rostro. No entendí nada, pero Eugenia me lo aclaró inmediatamente partiéndose de risa: dice que eres muy guapo. Acerté a sonreírla a mi vez, darle las gracias y ensayar un gesto torpe, señalándola con el dedo; tú también, balbuceé. Hizo una especie de reverencia, se dirigió a Uge con un montón de nuevos gestos y muecas de los que nada comprendí y se marchó cerrando la puerta, dejándome con los ojos burlones de Eugenia clavados en mi pasmo. Esta me la pagas, le dije tomándola con violencia por la cintura. Me abría camisa, me mordía en la barbilla: ya lo has visto, me dijo metiendo su mano bajo mis pantalones: no hay peligro, hazme gritar y dime todo lo que quieras.

Te casarás conmigo, y Sevilla seguirá de vacaciones. Horas después, salimos de su dormitorio para ducharnos juntos mientras Lala preparaba cena para tres. Cuando entramos en la cocina, se afanaba en el pequeño fogón. Uge se acercó a su espalda, se enredó en su cintura en un largo y apretadísimo abrazo, la besó en el cuello y le cantó al oído la canción que sonaba en un viejo radiocasete sobre la encimera: desde la India a Triana, desde Triana a Sevilla… ¿Has visto cómo escucha música? me preguntó divertida señalándome el tamborileo de sus dedos sobre la madera. Y la mano que tiene para la cocina, ya ves qué bien huele. Y este pelo y estas tetazas, qué envidia hija, decía recreando el olfato en la oscura melena de su amiga y apretándole los pechos con ambas manos. La otra se dejaba hacer y giraba la cabeza para sonreírme mientras Eugenia no dejaba de abrazarla y besarla. Terminó la cena y preparó la mesa con la diligencia de una madre. No era su silencio ni sus elocuentes formas de mujer hecha lo que mejor diferenciaba a Lala de sus otras compañeras de piso, tres futuras abogadas de buenas familias de vino y dehesas; ella estudiaba Bellas Artes y pertenecía a una familia de campesinos del extrarradio del pueblo en el que todas ellas habían vivido y crecido. Hártate de comer que lo vas a necesitar, porque Eugenia no tiene descanso…todo eso lo dijo con las manos y los ojos y yo la entendí. Al final de la cena, ya me sentía capaz de seguir la conversación con cierta naturalidad, de entender algunas bromas y de hacerlas a mi vez.

Nos despidió con un beso a cada uno y se encerró en su cuarto a estudiar. Uge y yo fuimos andando hasta el parque de María Luisa y por el camino me habló de lo que me llevaba a ver, una banda de largo y curioso nombre de la que yo no había oído hablar. Son paisanos tuyos hombre, tú en qué agujeros te metes que no los conoces, ya verás cómo te va a gustar, hacen ritmillos flamencos pero también tienen caña; es la primera vez que vienen a Sevilla. Nada más salir al escenario, sin haber tocado una sola nota, el cantante se lanzó encima del público al mejor estilo de Sid Vicious. Cómo te voy a querer estando flaca como estás. ¿Te gusta, te gusta, te gusta? me gritaba entusiasmada Uge. El resto del grupo parecían de piedra, pero el cantante era una máquina de saltos, volteretas y aullidos. Cuando empezó una canción que todo el mundo excepto yo coreaba, agarró a Eugenia de la mano que ella le tendía y la subió al escenario; desde allí, bailando con él, me tiró besos, se tocó lascivamente las tetas y corrió de un lado a otro hasta que finalmente él consiguió atraparla y lanzarla al público como quien tira un saco.

Vamos a un sitio tranquilo y arráncame la piel. La Huesitos y yo continuamos la noche en un rincón oscuro del Estanque primero y en los rebujitos de los bares de las Siete Revueltas después. En los aseos del Bestiario nos metimos las penúltimas rayas; esta por el azahar, decía Uge antes de esnifar, y esta otra por el jazmín de esta puta ciudad. Pero a mí sí me agradaba el olor de la noche de primavera en las calles; la convencí para volver caminando y en Placentines un grupo de chavales la reconoció: eh morena, cómo te movías en el escenario. Un poco más arriba, en la misma puerta del Museo del Flamenco, se detuvo repentinamente; espera que algo tengo, dijo antes de correr a ocultarse entre dos coches; la vi bajarse los pantalones y las bragas y colocarse cuidadosamente un pañuelo de papel entre las nalgas; esto, cariño, es tuyo, me dijo muerta de risa, mostrándome el pañuelo manchado de sangre.

Al llegar a casa, Lala aún estaba sobre los libros. Mientras ella daba cuentas a su amiga de lo sucedido en el concierto, esperé a Eugenia desnudo sobre la cama, contemplando una reproducción de principiante, quizá a tamaño natural, del óleo de Leonardo, Santa Ana con la Virgen y el niño, el del Louvre, que cubría la mitad de la pared opuesta a la ventana de aquel pequeño dormitorio. Las sábanas todavía olían a sexo. Al entrar, Eugenia cerró la puerta tras de sí. Ese cuadro no estaba ahí hace un mes ¿verdad?. No, es un regalo de Lala, un trabajo para la escuela. Luego lo miras bien, dijo con una sonrisa misteriosa. Se sentó en la butaquita verde frente a la cama mientras se soltaba el pelo y se libraba de los pendientes y los zapatos manchados de tierra, sin dejar de mirar mi polla erecta. Hazte una paja. Quiero verte. Por la ventana abierta al pequeño patio en que la vi por primera vez entraba el aroma dulzón de los naranjos en flor. La complací. Quiero verte, dijo, y no mintió: ya no miraba otra cosa que mis ojos, sin un gesto ni una sonrisa, sólo una mirada que no le conocía buscándome en los míos. No me jodas que te has enamorado, me preguntó Ignacio bajo aquella nevada para combatir el frío y el aburrimiento. Se puso de pie, se desnudó y me trajo hasta la cama su pequeño y dulce cuerpo, sus ojos sin fondo y su sonrisa quebrada por la excitación. Ya se había sentado sobre mí, empalándose despacio, centímetro a centímetro, apartándome el pelo de la cara, acariciándome el pecho. Por la ventana entraba el sonido de los grillos de la madrugada. Me gusta tener tu polla dentro, niño, no me la saques nunca. Nunca. Sus caderas se balanceaban sobre mí con paciente cadencia, que sólo apresuraba esporádicamente para disfrutar del placer de escuchar el golpe de sus nalgas contra mis muslos. Me pone cachonda ese ruido de carne con carne. Tomó mi rostro entre sus manos. Lala tiene razón, eres muy guapo. Lamió mis labios y mis pezones y luego dirigió su boca a mi oído: ¿quieres que la llame? Le recogí el pelo detrás de las orejas, la acaricié entre las piernas y le puse la palma de la mano abierta delante de la nariz. ¿Sabes a qué huele tu coño? No, dímelo tú. A azahar y a jazmín. Hizo el gesto de apretarme los huevos y la detuve asiendo su muñeca con fuerza. Llama a la muda.

Espérame. Cuando salió de la habitación, abrí un poco más la ventana, encendí un cigarrillo y me acerqué a observar detenidamente el cuadro. El cordero que sostiene el niño parecía más bien un perrillo desnutrido y las suaves colinas del fondo eran manchas amorfas, pero Lala tenía mano para los rostros. No tuve dudas de que la cara de la Santa era en realidad un autorretrato de la autora, del mismo modo que la de María pretendía ser, no supo plasmar el charquito en los ojos, el de su amiga del alma. En la esquina inferior derecha, sobre la roca, la firma de tímidos trazos y el año de la composición. Hoy ese cuadro está aquí, a mi espalda, en la habitación desde la que recuerdo y escribo lo que sucedió en aquella noche, en aquellos días. En aquellos años, que nunca se interrumpieron y nunca se sucedieron uno a otro, en los que conocí a todos los hermanos de Eugenia, a sus padres y sus bodegas, años en los que la vi licenciarse y empezar a ejercer en Sevilla, un lustro más en aquella ciudad de chulos de puta hasta que logró empezar a trabajar en su tierra, después casarse, tener hijos y separarse, sufrir y volver a enamorarse. Y un accidente casi mortal: es verdad lo que dicen, me contó en una ocasión, se ve toda la vida pasar en un solo instante; tú, niño, estabas de principio a fin en esa película. Al amanecer, Lala cerró la ventanita al patio, se marchó de la cama sin hacer ruido y yo abracé con fuerza el cuerpo agotado y caliente de Eugenia. No quería despertarla, pero mis labios fueron solos hacia su oído: te quiero.

Si tú te vas, yo me quedo en Sevilla hasta el final. Bueno, no ha estado mal, pero esa gente se va a llevar una imagen de mí que yo qué sé. Medio loca, medio puta y medio pija. Me lo dijo ayer, después de leer este segundo y último capítulo. No te preocupes Eugenia, esa gente no te conoce. Estalló en una carcajada. Anda, cuelga ya. Y no cuentes más.

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11 comentarios en “Eugenia (parte 2ª)

  1. Me ha encantado. Perfecto, como siempre.

    He hecho mi labor de secre, como me mandaste. Todo bien, la música se escucha genial… Pero, escribiendo tantos pronombres como mi admirado poeta Pedro Salinas, creo que has incluido una tilde donde no debías, cuando dices: “Acerté a sonreírla a mí vez” (tercer párrafo). O te sobra la tilde en mí, o es que no he entendido la frase, que también puede ser, la verdad.

    Creo que tu amigo Ignacio no te preguntaba, sino que estaba seguro de que estabas enamorado, como bien desvelas en el penúltimo párrafo.

    Deseando leerte de nuevo…

    Petonets

  2. Gracias secre, por la objetivísima valoración 🙂 del texto, por la minuciosidad en el trabajo y la elegancia en señalar los errores. Efectivamente, esa tilde está de más. Lo corrijo inmediatamente. También hay pronombres de sobra, para qué negarlo, pero esos ya los vamos a abandonar a su suerte. Déjame un post-it en el despacho a modo de recordatorio: jefe, dale una vueltecita más (y otra) antes de publicar. Sobre lo de Ignacio, sí, es posible que se diese cuenta antes que yo mismo. Suele suceder.

    No me digas que eres de los Països. Petonets pues.

  3. De nada jefe, es un placer, a mandar. A mí me encanta que sobren los pronombres, me parece que el texto queda mucho más personal. Está perfecto todo.

    No soy de los Països. Soy madrileña. Era un detalle de secre eficiente jejeje.

    PD.: ¿has leido mi mail?

    Besotes madrileños.

  4. Buena carta Albert.

    No se si me gustaría la sensación de oler en un coño jazmín y azahar, parece el preludio de un amor de esos que duelen para siempre aún sin querer.

    Saludos a todos, MAR

  5. Tengo que empezar a pensar en subirte el sueldo. Madrileñísimos besotes, Nerea.

    Hola Alba, bienvenida. Enamórate, estás en tu casa. Por cierto, le he echado un vistazo a tu blog, lo suficiente para percatarme de que merece una visita más detenida. Saludos.

    Gracias Marpart. Siempre tan certero en tus comentarios. Saludos.

  6. Eugenia… ya en la primera parte pensé que no se llamaba así. ¡Qué bonito es leer algo que ya te han contado! aunque con otros nombres y de otra manera. Entonces fue un reto estúpido que no llegó a ninguna parte. ¿A dónde irán las palabras cruzadas que nunca llegan a nada?
    No entendí lo de la sangre. Lo leí el día que lo colgaste, disculpa por no comentarte hasta hoy. No entendí lo de la sangre. Le he dado un par de vueltas, no lo entiendo.
    Siempre me gusta leerte.
    besos, chico guapo.

  7. Rubia fiel aunque no te escriba, quedamos en esto: yo te explico lo de la sangre y tú me explicas lo de “leer algo que ya te han contado” y lo del reto estúpido, porque yo también le he dado un par de vueltas y no lo entiendo. Besos, chica guapa.

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