Hace un par de semanas asaltaron el garaje  y abrieron algunos coches. El presidente de la comunidad de vecinos colgó un aviso pidiendo a todos que, al entrar y salir del garaje, aguardásemos un instante, apenas treinta segundos hasta comprobar que la puerta se ha cerrado a nuestra espalda. Mónica no tiene coche pero aun así se quedó con una plaza de aparcamiento cuando compró el piso, pensó que podría rentabilizarla de algún modo pero lo cierto es que con el tiempo yo me he convertido en su único usuario; dejo el coche allí todas las noches en las que, como aquélla, duermo en su casa. El aviso de la comunidad de vecinos me pareció sensato y aproveché ese instante de guardia para seleccionar la música y colocarme el cinturón.

Esa mañana me apetece un disco que no encuentro en el coche, he debido dejármelo en alguna otra parte. No importa, en el primer semáforo pondré cualquier otro. O enciendo la radio para eliminar de paso cierta aprensión acerca del sordo y extraño eco procedente de la calle que he escuchado apenas cinco minutos antes, mientras apuraba el té en la cocina. Ni siquiera sé buscar las emisoras, cuando se sintoniza la radio en mi coche es porque la ponen Tinín, Susi o Mónica, ellos sí saben manejarla. Antes de salir de la calle de Mónica he dado con una preseleccionada, la Ser. Anuncios. Voy muy ajustado de tiempo, son las ocho menos diez y el primer paciente está citado a las ocho y media. Noticias de rutina del día anterior y luego una de alcance: al parecer, un tren ha descarrilado en la entrada de la estación, pero se desconoce si hay heridos. Apenas hay quinientos metros desde ese punto hasta el piso de Mónica, pero nunca hasta hoy había escuchado un solo ruido procedente de Atocha. Más anuncios, más noticias sin sustancia mientras enfilo Juan de Vera para salir al Paseo de las Delicias. Demasiadas ambulancias, la hostia del tren ha debido ser mucho mayor de lo que dice la radio. Gabilondo corta abruptamente el boletín de noticias para anunciar que otro tren ha sufrido un accidente. En Vallecas, dijo. No sabía que había estaciones en Vallecas, pero todo resulta insólito, dos accidentes casi simultáneos y la confusa cascada de datos que la radio va desgranando. Un minuto después, hay más ambulancias que coches en el Paseo, hasta el punto de que el estruendo de sirenas impide escuchar la voz del locutor y empuja a los vehículos privados a subirse a las aceras. Consigo llegar al cruce con la calle del Ferrocarril mientras la radio da cuenta de los primeros muertos y, un poco más arriba, en Palos de la Frontera, Delicias queda cortado para cualquier vehículo que no sea una ambulancia. Suspender la circulación en el Paseo, nada menos; la sensación de alerta es inmediata e inevitable: algo muy grave está sucediendo allí arriba.

Llamo desde el coche a Mónica: cuando yo salí, Veva aún estaba en casa; a veces sale cinco minutos antes que yo y otras cinco minutos después, siempre en dirección a Atocha para tomar un tren hasta el instituto. Mónica, cojones, despierta de una puta vez. Me cuesta llamar tres veces más, pero al final lo consigo. Le cuento lo que sé, va corriendo a su dormitorio: la niña ya no está. Todo el tráfico del Paseo queda desviado hacia Palos de la Frontera, y en la media hora que tardo en recorrer esa calle va quedando claro, a través de la radio, lo que ha sucedido. Mónica ni siquiera atina a encontrar el móvil para llamar a su hija, de modo que lo hago yo desde el mío, pero Veva no contesta. Miro a mi alrededor, todo el mundo usa sus teléfonos a bordo del coche. Cinco minutos después, llama Mónica: la niña ha vuelto a casa y quiere que yo haga lo mismo, que deje el coche y regrese, pero eso es materialmente imposible, estoy en un monumental atasco del que no se puede escapar. Las calles naturales para seguir hacia el norte están siendo cortadas secuencialmente, de modo que la policía dirige a los miles de coches que cada mañana suben a esa hora por el Paseo por las estrechas calles que comunican Delicias con Embajadores y las Rondas. Dos horas más tarde, dos horas para apenas un kilómetro de recorrido, salgo por fin a Atocha.

Llamadas y mensajes de texto cruzados de la gente aquí en Madrid, todos estamos bien, Mario desde Ibiza, Eugenia desde Sevilla, las apresuradas recomendaciones de mis padres desde Vallvidrera; mi hermano Carles está en La Habana y mi hermana Marta en Nueva York, aún dormirán ambos a esta hora. Ya en el gabinete, cerca de las doce de la mañana, los mails de los amigos de Barcelona, todas las citas con los pacientes suspendidas y el ofrecimiento del gran jefe para que quien quisiera se marchase a casa. Yo me quedé allí hasta las ocho de la tarde, escuchando la radio y ordenando papeles, ni siquiera recuerdo bien qué hice en todo ese tiempo. En realidad, todo lo que ocurrió ese día me parece ahora un sueño excepto algunas sensaciones que aún hoy consigo revivir con absoluta nitidez: aquellas llamadas y mensajes de texto cruzados, el irreflexivo reconocimiento de los límites y las formas del clan y la tribu, la inmediata percepción de quiénes son aquéllos a los que quieres escuchar y hablar; la apocalíptica impresión que transmitía la Glorieta de Atocha al atravesarla por el exiguo paso que nos dejaron y, por encima de todo, la disciplina y el inaudito, increíble silencio con que se desarrolló un atasco de tráfico de esa magnitud: algo absolutamente insólito en Madrid, como si guardar las formas, ceder el paso u obedecer a pies juntillas a la policía fuese el único modo de exteriorizar el sentido de la responsabilidad y el respeto a los muertos, tan abrumadoramente próximos en el espacio y en el ánimo como si viajasen en el asiento de atrás.

Mónica, como su hija, también cogía el tren a diario en Atocha para llegar hasta su puesto de trabajo, pero tardó más de dos meses en volver a hacerlo; ni siquiera el metro le valía: salía media hora antes de casa para poder tomar el autobús. Toda esa semana dormí en su casa y estuvimos juntos en cuantos actos y manifestaciones organizó la ciudad para honrar a sus muertos. Hoy ha vuelto a recordárselos en el aniversario de aquella matanza, he podido verlo en la televisión y comprobar una vez más aguantando el asco que, de todos los homenajes celebrados hasta ahora, el más sincero, el único quizás, fue sin duda el que aquellos anónimos y silenciosos conductores les ofrecieron durante la mañana en que sucedió todo.

Anuncios

9 comentarios en “Madrid

  1. Vivo en Alcalá de Henares. Mis padres, mi hermana viven (vivían) cerca de Mónica, muy cerca. Hasta dos o tres días antes yo cogía el tren todos los días para ir a un curso en Madrid. Recuerdo las llamadas, la familia, los amigos de fuera…Mirar el televisor como solo recuerdo haberlo mirado otro día 11. Nunca Alcalá, Vallecas, el Pozo, Santa Eugenia, fueron tan famosas… tan terriblemente famosas. Y luego… la certeza de que en esos trenes había gente que conocías. No amigos, no… pero si gente que veías a diario, a la que nunca saludaste, y nunca lo harás. Y entonces… entonces es cuando oyes hablar a los políticos, a esas mentes preclaras que nos representan y sientes vergüenza ajena y te gustaría dejar claro a todo el mundo que tú no perteneces al mismo género que esos aprovechados.

    Un beso, Albert.

  2. Alcalá sufrió aquel día, si cabe, en mayor medida que Madrid. Tú, vecina de la ciudad, con familia cerca de Atocha y usuaria de esos mismos trenes hasta dos días antes. Como para olvidarlo ¿verdad? De los que se aprovecharon de aquello y aún siguen haciéndolo, en un sentido o en otro, no hay tampoco que olvidarse nunca.

    Un beso, Nosek.

  3. Soy de Alcalá de Henares.
    Los días siguientes a la masacre, además de ir teniendo conocimiento de quiénes de mis vecinos habían sido víctimas, tenía la sensación de impotencia y asco… y miedo… porque los asesinos habían subido a los trenes desde mi ciudad.

  4. He vivido toda mi vida en otro país subdesarrollado, de hecho soy emigrante, , no había conocido un servicio de trenes tan enorme ni rápido , la primera vez que vi la estación de Atocha me quede encantada por su arquitectura y el jardín interior con sus montones de tortugas se me antojaba un paraíso ante el terrible agobio que me producía lo desconocido, ese fatídico día mientra desayunaba como acostumbro a ver las noticias quedé totalmente deshecha imágenes que crecían ante la tragedia , se divisaban los cuerpos que desatre, nunca vi algo tan terrible, tan triste , que al la vez despertaba la ira, ningún homenaje será suficiente para las victimas y sus familiares solo el recuerdo vivo y de corazón, yo me uno a tu homenaje y espero que la justicia no sea benevolente con los asesinos.

Comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s