Eugenia pasó una década de su vida en una ciudad que odiaba. En realidad, aquella detestación irracional  se dirigía hacia sus habitantes más que hacia el lugar en sí. No aguanto a estos putos chulos, es que no los trago más, afirmó tres o cuatro veces por día durante diez largos años; yo no soy de aquí, coño, contestaba invariablemente cuando alguien la tomaba por hija de la ciudad. Pero es que no era fácil creerla: su habla del sur de Extremadura era tan parecida a la de esos convecinos circunstanciales a quienes tanto aborrecía que costaba compartir su indignación sin asombrarse  primero. Cada viernes le faltaba tiempo para coger el coche y volar hacia su pueblo, pocos kilómetros hacia el norte, o a las playas de Matalascañas, unos cuantos más al sur.

En Matalascañas estaba cuando yo dormí en su cama por primera vez. Tengo un pisito en Sevilla para tres días, nos dijo un jueves mi amigo Ignacio: las dueñas se van a la playa y me lo prestan para el fin de semana. No era mal plan cambiar los locales nocturnos madrileños por otros que no conocíamos, así que al viaje nos apuntamos nueve. Sólo hay dos habitaciones, advertía Ignacio, yo les he dicho que vamos cuatro pero allí nos apañamos como sea. Dos cuartitos en un piso bajo en el Barrio de La Alfalfa, uno daba a la calle y el otro a un diminuto patio interior en cuyo tendedero quedaron abandonadas algunas ropas de sus dueñas, tanta era la prisa con la que habían huido hacia el mar. Deberíamos recogerle por lo menos la ropa a estas chicas, dijo alguien, pero Begoña alegó que ella no recogía las bragas de otras y hubo consenso en decidirlo al día siguiente. El primer amanecer en Sevilla, Ignacio y yo nos tiramos a la misma cama, la más amplia, mientras los demás se desparramaban por el resto del apartamento; supongo que el privilegio se debió a que éramos los más borrachos. Al mediodía me despertó por fin el sol y una voz en el patio: Uge, yo no sé cómo decírtelo, pero en tu cama hay dos tíos durmiendo en cueros. Bueno, ya ves tú, dijo otra voz, en la mía hay tres.

A través de los visillos que cubrían la ventana que daba al patio Eugenia y yo nos entrevimos por primera vez, yo medio dormido y desnudo y ella con un taco de ropa amarillenta en las manos mientras trataba de vislumbrar discretamente qué estaba pasando en su dormitorio. Eran tres voces, tres siluetas distintas; murmuraban entre ellas regañándose mutuamente por el descuido con la ropa y parecían más divertidas que indignadas por la invasión a traición de su casa alquilada. Eugenia, Mariana y Sole, esos eran sus nombres, eran estudiantes extremeñas en Sevilla, las tres del mismo pueblo, y aun había una cuarta habitante que sólo conocí semanas después, en mi siguiente visita a aquella casa. Desperté a Ignacio con un buen codazo en el músculo de roncar: tus amigas están aquí, joder. Salió al patio con los pantalones a medio abrochar, enredándose con las disculpas y las preguntas cruzadas. Me vestí también mientras escuchaba la conversación: el agua todavía estaba fría, las playas vacías y la mitad de las discotecas cerradas, de modo que esa misma mañana decidieron que el fin de semana sería más divertido de vuelta en Sevilla, con los visitantes madrileños. No os preocupéis que hay casas vacías de sobra, en cuanto empieza el buen tiempo aquí no se queda nadie.

Hubo desde el principio buenas migas y muchas ganas de aprovechar al máximo cada minuto de un fin de semana distinto para todos. Los bares de las Siete Revueltas al principio, La Carbonería para descansar un rato y El Bestiario como remate de una noche inolvidable. Al amanecer, apurando las últimas copas mientras decidíamos qué hacer a continuación, los ojos de Eugenia se toparon con los míos una vez más, pero ahora me sostuvo la mirada y la sonrisa y pude observar despacio el fenómeno que sus amigas y ella misma nos habían explicado riendo horas antes: que no, que no voy a llorar, decía ella, es que me pasa esto y no sé por qué; es que esta niña, decía Mariana, tiene la mirada así, en cuanto le da el más mínimo sentimiento, de alegría, de pena o de lo que sea, se le mojan los ojos. Uge estaba feliz y el velo de agua palpitaba ahora en sus enormes y negrísimos ojos mientras buscaban los míos. Súbitamente, cogió su bolso y sin decir nada salió sola del local; supuse, quizá como todos, que quería meterse una última raya al fresco de la madrugada; a los cinco minutos asomó de nuevo a la puerta, me llamó desde allí y me dijo: ven un momento, que quiero enseñarte una cosa. En la puerta había un taxi, y en la palma de su mano extendida, las llaves de una vivienda. Yo me voy ya, me dijo, y tú si quieres también.

Nunca he sabido de quién era aquella casa antigua de paredes ocres y techos de madera. La planta de arriba era prácticamente diáfana, un único y enorme dormitorio con un cuarto de baño en un rincón. Uge se reía mucho, tanto sobria como completamente colocada como estaba entonces, de rodillas los dos sobre la cama, con una risa feliz y vibrante que se contagiaba de inmediato. Nos partíamos de risa sin saber por qué mientras yo le quitaba el sujetador y ella me desabrochaba los pantalones; antes de besarnos siquiera se inclinó sobre mi polla y se la metió en la boca sin parar de reír y de hablarme desde allí abajo hasta que se atragantó, pero cuando se recuperó reía con más ganas. Ya paro de reírme y te la como, te lo prometo, me decía mirándome de vez en cuando, y entonces lo intentaba con tal arrebato y fervor que yo temía que realmente fuera a masticarla, tragarla y digerirla sin parar de reírse. No llegó a suceder porque volvió a atragantarse y tuvo que salir corriendo de la cama hacia el baño. La esperé fumando y acariciándome, pensando que la había deseado desde el mismo momento en que entreví sus ojos a través del visillo de su cuarto. Regresó más pálida y más calmada, encendió también un cigarrillo y se sentó frente a mí, completamente desnuda como yo, en el otro extremo de la cama. Me observó en silencio con su sonrisa inocente y el permanente charquito ondulante en los ojos. Tú y yo nos vamos a querer mucho, dijo acariciando mis pies con los suyos. Se tumbó sobre su espalda y abrió las piernas; me eché despacio sobre ella y la besé en la boca, no nos habíamos besado hasta ese momento. Házmelo despacio, es la primera vez, me dijo acariciándome el pelo mientras su mirada se tornaba aún más líquida. Me quedé paralizado; qué dices, acerté a balbucear retrocediendo instintivamente. Que soy virgen, contestó con tanto aplomo como ternura. No me jodas, cómo va a ser eso; sí, nunca he estado con un hombre, contestó antes de que el gesto de niña asustada se le quebrase en una enorme carcajada que debió escucharse hasta en la Plaza Nueva. ¿A que lo he hecho bien? se te ha ido hasta el color de la cara, muchacho, dijo sin parar de reír. Me agarró las nalgas y enlazó sus piernas en mi cintura: métemela ya, joder. La penetré sin saber si había mentido en el momento de confesar su virginidad o cuando la negó con su risa alegre.

Ayer la llamé para saludarla, contarle que iba a escribir sobre ella y pedirle, una vez más, que me dijese la verdad sobre aquella primera noche. Una vez más, se negó a contarme nada; ¿te mentí acaso cuando te dije lo otro?, preguntó; ¿qué es lo otro?, dije intuyendo su mirada líquida al otro lado del teléfono; que nos íbamos a querer mucho, contestó. Antes de reaccionar, escuché su risa: cuando seamos viejitos te digo la verdad, te lo prometo. Y oye, añadió sin parar de reír: a ver qué escribes que hay cosas que todavía…no seas malo.

Continuará

(ver parte 2ª)

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5 comentarios en “Eugenia (parte 1ª)

    1. Hola chica guapa ¿sin coletitas?. Enlázame. Estaba esperando a adecentarlo un poco más y a publicar alguna otra cosa, pero ya me voy dando por satisfecho, así que enlázame, enlázame a tu cintura y a tu blog. Más de mil besos.

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