Me están cayendo ahora mismo gotas de tu leche a las bragas. Esta es, si ustedes se fijan, una oración sumamente interesante para el análisis sintáctico. Me la dirigió mi eventual compañera de trabajo Ana H. en un avión que nos transportaba sobre el Atlántico, de regreso a la Península. Apenas llevábamos diez minutos de vuelo cuando sus labios la desgranaron en un susurro cerca de mi oído; tenía su mano agarrada a la mía y apoyaba sobre mi hombro una mejilla que no podía ver pero en la que intuí cierto rubor. La frase me pareció, además de una hermosa declaración de amante entregada, francamente mejorable en lo tocante a su construcción, sobre todo proviniendo de una experta en estas cuestiones: probablemente la ubicación final del sujeto la hubiese dotado de mayor claridad expositiva. No sé qué opinan ustedes.

Ana se ganaba la vida con la lengua, aunque no sólo. La conocí en Canarias hace unos años, durante el desarrollo de un estudio sufragado con dinero oficial en el que participé gracias a los contactos de mi hermano Carles, que consiguió proporcionarme un trabajo muy bien remunerado, descansado y al aire libre. Actitudes y estereotipos referidos a las relaciones interinsulares en la Comunidad Autónoma Canaria, aún recuerdo el título del informe final que presentamos al Cabildo tras un par de semanas de trabajo en las que no llegamos a reunirnos con aquellas autoridades más que para consensuar ese título. Yo participé como psicólogo, Ana como especialista en antropología lingüística, y el resto del equipo lo componían historiadores, geógrafos, sociólogos, etnógrafos y un tal Cifuentes, de quien aún hoy desconozco en calidad de qué contribuyó a la investigación, porque sólo supe de él que ostentaba la propiedad de un estanco en Santa Cruz de La Palma, aunque opinaba de todo y era por lo general el encargado de organizar las excursiones a la playa y las juergas nocturnas; también de anotar cualquier ocurrencia que, entre baños y copas, pudiese tener alguno de los investigadores para plasmarla en el informe. La portada quedó muy bonita.

Ana me interesó desde el principio. Es cierto que me gustaron sus tetas, pero también que la antropología siempre me fascinó y que, en un tiempo en el que yo aún estaba muy interesado en los entresijos del idioma castellano, me resultaba gratificante cambiar impresiones con una autoridad en este tipo de cuestiones. Tinerfeña de nacimiento y vecina de Madrid, era agorafóbica desde la adolescencia, pero había sabido mantener a raya su problema; aquella capacidad para el autocontrol, lógicamente, también me interesó como profesional. Acabada y cobrada la sesuda investigación, ambos decidimos disfrutar juntos de unos días de asueto recorriendo las islas más occidentales del archipiélago, viaje para el que nos fueron muy útiles los consejos de Cifuentes acerca de alojamientos, playas y locales nocturnos. Durante aquellos días soleados, Ana y yo discutimos largo y tendido sobre los muchos asuntos que ambos teníamos en común. Cuando me dirigió aquella frase en el avión, habían pasado dos semanas desde que conseguí follármela por primera vez en una casita rural de la hermosa localidad palmera de Garafía. Uso la expresión follármela porque creo que es la más apropiada al tono de sus propias palabras, asumiendo su innegable machismo implícito y preguntándome de paso, no puedo evitarlo porque estas cuestiones me apasionan, si tal significación añadida proviene del reflexivo o bien del pronombre que le sigue, aunque lo más probable es que sea la suma de ambos lo que confiere a la palabra esa peculiaridad. O quizás no. Me pregunto qué hubiese dicho Ana si yo hubiese escrito que conseguí follarla y llego a la conclusión de que la sustracción del reflexivo elimina la carga de romanticismo, un tanto animal, eso sí, que ella prefería para nuestra recién nacida y ya casi terminada vida sexual conjunta.

Dejo la especulación acerca de la naturaleza del verbo en sí para otra ocasión, porque quiero estirar esta cuestión de los reflexivos y los pronombres, que sin duda tiene aún algún aspecto interesante que apuntar. Todavía en La Palma, hicimos una magnífica excursión al Parque Nacional de la Caldera de Taburiente. Resuelta Ana al desafío que supone para un agorafóbico internarse allí y embriagados ambos por la maravillosa afirmación de la naturaleza en aquel lugar, recorrimos los caminos casi en soledad, sin dejar de tocarnos y besarnos a cada instante. Cuando empezaba a desnudarla, desde un claro del bosque, Ana me señalo hacia el norte, en dirección al imponente Roque Idafe, un peñasco de casi perfecta forma fálica que el tiempo había tallado en el centro de la Caldera, como si hubiese pretendido dotar a aquel asombroso agujero de un eterno centinela. Los indígenas auaritas, antiguos pobladores de la isla, consideraban que la roca era un dios que sostenía el cielo, la adoraban y dejaban a sus pies ofrendas para contentarle y evitar que la piedra y con ella el cielo se derrumbase sobre sus poblados, me contó Ana sin dejar de observarlo, con su mano derecha firmemente asida a mi propio e impaciente falo.

Tras más besos y caricias preliminares que, en lo que a mí respecta, dediqué en buena parte a sus más que opulentos senos, le pedí que se arrodillara entre mis piernas, tomé su cabeza con ambas manos, acerqué mi boca a su oído y le dirigí una palabra que se presta a abundar en nuevas interpretaciones de los sugeridos matices lingüísticos: cómemela. Creo que si en aquella ocasión me decanté por el pronombre de primera persona fue sencillamente por una especie de cortesía asimilada a la situación. Quiero decir que tal vez emplear la segunda persona –cómetela– con una mujer a la que prácticamente acabas de conocer, supone una incorrección política de primer orden, dado que el uso del me implica sin duda una mayor proximidad afectiva de la interpelada con el varón objeto de sus halagos, cosa que ellas sin excepción parecen preferir. Ana lo hizo, y además de maravilla, con más impudicia y vehemencia de lo que pude imaginar -y puedo mucho- cuando, a tenor de su apariencia un tanto timorata, la conocí el día en que Cifuentes nos presentó. Ella no dejó de mirar ni un solo instante el Roque –iguida iguan idafe?-, hipnotizada por su magnética presencia mientras su lengua jugaba alrededor de mi polla; súbitamente, sintiéndose tal vez como la doncella guanche elegida por su pueblo como ofrenda para complacer a su iracunda divinidad –que guerte iguan taro-, apartó su mirada de la roca, buscó mis ojos y me dijo: fóllame la boca. Lo hice con la furia de un dios menor, enredando suavemente los dedos en su pelo para hacerle saber que Idafe estaba complacido y por esta vez sólo se derrumbaría en la garganta de la muchacha, dejando su pueblo a salvo.

De La Palma saltamos a El Hierro, la inexplicable isla de la media luna y el lagarto de Salmor, de las playas de arena roja como la sangre, el cielo interminable y los bosques de sabinas arqueadas por el viento del tiempo. Siempre me interesaron los confines, los umbrales y los límites. Nadie debería dejar de intentar encontrar en El Hierro alguna verdad elemental. Yo la he buscado varias veces en la punta de Orchilla, el faro del fin del mundo, el lugar considerado durante tantos siglos como el extremo de la tierra conocida. Allí siempre sopla el viento y Ana se abrazó a mí buscando calor. Hallamos refugio en una oquedad entre rocas, al pie del faro. Era el final del viaje, de allí regresaríamos a Madrid. Ana supo, a los pies de aquel faro marítimo imponente, que ahora era yo quien estaba ante su dios. Lo he pasado muy bien, me dijo acariciándome el pecho con toda la ternura de que fue capaz. Siguió hablándome, tocándome y besándome hasta que consiguió la erección que buscaba. Me acarició el rostro, me abrió la camisa y desabrochó mis pantalones con sus delicados dedos de rojísimas uñas; cuando estaba a punto de encaramarme sobre su blanco cuerpo, me retuvo tomando mi rostro entre sus manos: ¿quieres darme por el culo?, me preguntó con su voz de niña grande, mientras sus dedos acariciaban mis labios. Yo mismo giré su cuerpo, bajé sus bragas y acabé de colocar sus caderas para buscarle una postura cómoda sobre la roca. Frente al viejo, desconocido y tenebroso Atlántico de ignotos monstruos e inexploradas rutas hacia las Indias, me eché sobre su espalda y lamí despacio los hombros y la nuca mientras ella se separaba las nalgas con sus propias manos. Empecé a penetrarla preguntándome por qué aquella ofrenda, en aquel lugar y en aquel momento y expresada de aquel modo, me había excitado tanto como para desear quedarme siempre en aquel hueco entre rocas, sospechando al mismo tiempo que Ana, mujer, antropóloga y lingüista, conocía la respuesta.

Un saludo. Albert.

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