
- Su estatura es menor que la mía, eso seguro. Debe llegarme, como mucho, a la barbilla. ¿Que cómo lo sé? Porque estamos en otoño. A principios de octubre, el aire tiene ya otra textura, sobre todo en la Glorieta de Atocha. No es más pesado ni más liviano que en agosto, pongamos por caso. Es otro. Es diferente. En otoño, el aire vive su propia vida. Deja de ocuparse de nosotros, las personas, y de las cosas materiales, y va de acá para allá ensimismado, pensando en sus propios asuntos, más consciente que nunca de su naturaleza etérea, trascedente y meditabundo, cargado incluso de cierto aliento de épica triste, como esos hombres oscuros que cumplen con su obligación sin que nadie los reconozca por la calle. No es más fresco ni más cálido que en primavera. En octubre, el aire carece de temperatura como carece de color durante todo el año. Si acaso, se posa a veces en la piel para descansar y deja una huella evanescente, como la estela de alguien que pasa corriendo a nuestro lado. En noviembre, sin embargo, el viento que dobla las esquinas tiene algo de alarma antiaérea: todos a casa, viene el invierno. La gente camina entonces por Atocha como esos últimos transeúntes que se apresuran para respetar el toque de queda, pero el viento les persigue hasta las bocas de metro, penetra con ellos y forma remolinos en los vestíbulos que mueren siempre en la misma esquina, acumulando, por cierto, un follaje de hojas secas, billetes usados e inmundicias varias en las que, nosotros sobre todo, siempre acabamos metiendo el pie o la punta del bastón ¿verdad, Chanclas? Es que él es especialista. Ya puede usted ver que lleva siempre los dedos de los pies desnudos, y además no tiene mi sensibilidad, le falta experiencia. Despierta todavía cada mañana pensando que ve. Por eso no se mueve como yo me muevo en el aire del otoño.
- ¿Usted no es ciego de nacimiento?
- No, señor Comisario, es verdad lo que le cuenta Pablo. Me despierto por la mañana, me creo que todavía es de madrugada y me vuelvo a dormir. Por eso muchas veces llego tarde a los sitios. A mí también me ha tocado esta vez, sí, pero yo no sé lo que sabe Pablo. No sé si era más alto o más bajo. Yo en octubre sí tengo frío, y la verdad, no diferencio apenas entre el aire de octubre y el de noviembre, ni le noto al ambiente nada especial. Yo, cuando llega el otoño, sé que el cielo en la Glorieta está lleno de nubes blancas y grises, las aceras repletas de hojas y los gestos de la gente crispados de impaciencia por llegar a casa. Mire, llevo siempre en el bolsillo la foto de mi madre: me la pongo delante de los ojos, observe, y así la recuerdo tan perfectamente que es como si la estuviera viendo. Pablo entiende mucho de aire, pero no ha visto en su vida una nube, ni una hoja, ni la cara de nadie. Eso sí, las recuerda todas. Si usted deja que le toque la cara, es como si le hubiera visto. Ya no la olvida…hahaha.
- ¿Qué le ocurre?
- Nada, que me río. Es que me río de una forma rara. Yo no me veo, pero eso me dicen. La verdad es que yo antes me reía como todo el mundo. Es que me he acordado… acérquese…que un día, verá, es que nosotros vamos de putas ahí arriba, a la calle Magdalena, bueno, pues un día, Pablo se apostó que las reconocía sólo con sobarles las tetas. Las puso a todas en fila y fue enumerando: la Juana, la Adela, la Olga, la fulana, la mengana. Las tías que se escacharran de la risa y Pablo que no falla ni un par, qué cachondeo…Bien, al grano, que usted tiene mucho que hacer: yo sí le puedo decir que el tipo que vino a atracarme es fuerte, porque a cada golpe de mala leche que daba, el quiosco temblaba entero. Este por lo visto era el que llevaba la careta de Rajoy ¿no?
- Así es.
- Eso he oído decir. Y también que el que atracó a Pablo llevaba una careta de Zapatero. El caso es que yo escuché algo raro, pasos a toda velocidad acercándose al quiosco y antes de que pudiera reaccionar, ya tenía a Mariano Rajoy encima. Y antes de poder preguntarme qué ocurría entonces, sentí el frío del cañón de la recortada en la frente.
- Entiendo. Usted, Pablo, es el único que no tiene quiosco. Vende los cupones a pie firme.
- Siempre he preferido el aire libre, me he negado tantas veces que ya no me lo ofrecen. Yo, señor inspector, me pegué a la pared, realmente asustado. Soy de la opinión de que estos individuos llevan las caretas, cierto es, para que el público no pueda identificarles, pero también porque no ignoran que muchos de los que venden cupones algo sí que ven; no se trata, desgraciadamente, del caso de ninguno de nosotros. Sin ir más lejos, muchas personas creen, y así me lo han hecho saber, que yo veo lo suficiente para caminar por la calle sin tropezar. Le pasa a mucha gente. Es que yo vivo en esa pensión, mire donde le señalo, ahí arriba, se ve desde aquí. Para venir a la esquina de enfrente a vender cupones no necesito el bastón, conozco el recorrido como usted esta comisaría, y como siempre llevo las gafas puestas…El otro día, sin ir más lejos, una pareja de turistas vascos me cogió por el camino y me pidió que les hiciera una foto abrazados con la estación de fondo. Tomé distancia y creo que hasta encuadré bien: lástima que al final me giré hacia el sitio equivocado y, bueno, acabé dando la espalda a la pareja pero eso sí, debí hacerle una foto magnífica a la puerta del Ministerio de Agricultura; eso mismo, o al menos así lo expresó, opinaba la chica, que hizo ese comentario con dulce voz mientras recogía la cámara, sin añadir ningún otro de tono impertinente o insolidario, como por otra parte no hubiese sido de extrañar, dados los malos tiempos que corren para el buen entendimiento entre las gentes. A mí Rodríguez Zapatero me apuntó al estómago, y en cuanto lo noté, me lié a gritar: no me mates, joder, no me mates. Aún así, el individuo no apartaba el arma. Fueron segundos de auténtica angustia, créame. Al final, ante el convencimiento que la situación sólo tendía a empeorar, le entregué la recaudación sin oponer resistencia. Entonces salió de naja.
- ¿Por qué gritó usted eso?
- Para que me dejara vivo.
- Alguien se acerca a usted sin mediar palabra, y siente a continuación un objeto apoyado en su cuerpo. Las posibilidades son infinitas ¿Qué le hizo suponer que iban a matarle?
- Otoño…do you remember? Perdone la humorada, tengo cierta afición a usar de vez en cuando expresiones inglesas, no en vano he sido habitante de London durante diez de mis cincuenta largos años. Usted, sin duda, percibe que en otoño el aire transmite la luz de una forma diferente, sobre todo en esta ciudad. Chanclas dice que recuerda que, en cuanto entra noviembre, el cielo sobre la Glorieta de Atocha se cierra sobre sí mismo, como esas bóvedas metálicas con que se cubren algunas plazas de toros ¿No es así?
- Sí, pero…
- Bien, pues yo también noto la diferencia. No percibo la luz, pero no le quepa duda de que el aire transmite muchas más cosas que luces, sonidos o aromas. Las intenciones de la gente también las transporta el aire. Usted no puede captarlas, yo sí: José Luis Rodríguez Zapatero iba a matarme.
- Bien. ¿Y usted? Bernardo Aranda Aranda. Aún no ha abierto la boca. Usted ha sido el único de los tres al que golpearon, y de que manera. ¿Se resistió?
- Es que a mí es la tercera vez que me atracan, señor detective. Sentí que se acercaban dos tíos corriendo y me agaché dentro del quiosco. En mi caso vinieron dos, supongo que porque saben que no me achanto. Me han puesto la cara así por decirles que son unos hijos de puta. Y es que lo son.
- ¿Usted siente o no siente?
- No siento. Tanto como Pablo no, por lo menos.
- ¿Cómo sabe que quienes se acercaban corriendo eran hombres, y además dos? Parece que en ningún caso han dicho una sola palabra.
- Perdón por la interrupción. No lo hacen porque les consta, señor inspector, que nosotros podemos identificar voces muy fácilmente.
- Sí, eso parece, Pablo. ¿Dígame, Bernardo, cómo lo sabía?
- Hombre, eso sí lo noto. No es lo mismo un hombre que una mujer. Y menos todavía dos hombres que dos mujeres.
- Y menos en otoño. Créale, señor inspector. Yo tengo una clienta fija: cada mañana desde hace dos años me compra un cupón, siempre el mismo número. Es una chica joven, veinticinco años aproximadamente. Trabaja en una oficina, lo sé porque ya hemos trabado cierta amistad. Ella, que es una dama moderna, seguramente sostiene ante sus compañeras que se ducha cada mañana, pero si me preguntasen a mí, yo les diría que muchos días miente, porque percibo la fragancia de su cuerpo macerada entre las sábanas: usted, por ejemplo, señor inspector, bailaría con ella y sólo notaría su perfume. Nunca bailará conmigo, pero yo, desde la distancia a la que la atiendo, puedo sentirlo. No siempre ocurre, pero a veces, al entregarme las monedas, me roza la palma de la mano con las yemas de los dedos; yo le aseguro que distingo esos dedos, ese leve roce, entre miles de leves roces. Los genes no transmiten sólo el color del pelo, la estatura o la ceguera de por vida: otorgan también la calidad del tacto de las yemas de los dedos, y por supuesto, el timbre, el tono y la intensidad de la voz, y esas son características que confieren otras, por el mismo procedimiento por el que usted puede deducir sin temor a equivocarse el color de los ojos de una mujer muy rubia que ve de espaldas. No he preguntado nunca a nadie, pero estoy seguro de que el cabello de Susana, que así se llama, es de color cobrizo, parecido al color de sus ojos y parecido al color de su voz. ¿Entiende lo que quiero decirle?
- La verdad es que no.
- Quiero decir que usted, por ejemplo, discúlpeme la franqueza, no me excita lo más mínimo. Pero no estoy seguro de que le ocurra lo mismo a Bernardo, aquí presente.
- ¿Es usted homosexual, Bernardo?
- Un poco.
- Cuenta al señor inspector cómo te quedaste ciego.
- No viene a cuento.
- Fue chapero.
- Se dice Boy. Fui Boy.
- En la calle del Almirante. Ya ve que no es muy guapo, y menos ahora, pobre, qué cara debe tener. Pero tiene mucha correa. Participaba en saraos caros y tenía clientes con gustos tan espesos como los fajos de billetes que le ponían delante de los ojos. En la última sesión se excedieron algo.
- Ahórreme los detalles.
- Chanclas, sin embargo, tiene un pasado mucho más glorioso. El es invidente por una enfermedad neuronal, degenerativa e irreversible. Hasta hace unos años aún distinguía la silueta de un hombre de la de un perro, pero poco a poco ha ido perdiendo vista y ya es tan ciego como yo mismo. Siempre he dicho que estas cosas mejor de golpe, sobre todo porque hasta que uno ya no ve ni sombras no empieza a desarrollar los sentidos inorgánicos, como yo los llamo; de manera que Chanclas es el más torpe de todos. Sepa que en las manifestaciones de labradores y ganaderos que con demasiada frecuencia tienen lugar ante el Ministerio de Agricultura, una vez le pisó una vaca y otra le estallaron tres tomates en la cara, circunstancia que, por ejemplo, nunca nos ha ocurrido a mí o a Bernardo.
- ¿Cuál es el ese pasado glorioso, Chanclas?
- ¿Se acuerda usted de Najibulá, aquel presidente afgano, ahorcado por esos muchachos, los talibanes? Hace muchísimos años. Yo lo escuché entonces en la televisión, mi hermana me fue contando: está amoratado, ha perdido carnes y le han llenado la boca de billetes que ya no valen nada. Lo imaginé y me dio lástima, porque pasé un rato agradable en su compañía y porque aún le tengo un aprecio especial a aquella entrevista. Fue la última que de él se publicó en España y la última que yo hice en mi carrera de reportero de guerra. Tuvo lugar en Kabul, en un día soleado de invierno. Era un tipo afable y cortés. Al llegar a España se declaró la enfermedad. No me quejo de la pensión que recibo, pero lo cierto es que me cuesta renunciar al ritmo de vida de entonces. Lo de los cupones es una ayuda, pero aún no llega. No vendrían mal algunos ingresos extras.
- Ya. Bueno…Bien, es todo. Gracias, han sido de gran ayuda. Pueden marcharse. Haremos todo lo posible por detener a esos atracadores. Elvira, por favor, ayude a los señores a salir a la calle.
- Encantados de haber sido útiles, señor inspector. Colaborar con usted es ayudarnos a nosotros mismos. Vaya usted delante, señorita, nos agarraremos unos a otros. He oído que se llama usted Elvira, y quiero confesarle que, en mi opinión, es uno de los nombres más hermosos que existen. Yo me llamo Pablo. Si me permite decírselo, el tacto de su piel hace honor a su nombre.
- Gracias. Tengan cuidado, hay dos escalones.
- ¿Me permite rozar las puntas de su cabello? Se trata de un detalle imprescindible para hacerle una demostración que probablemente la sorprenderá y la divertirá. Puedo darle detalles de su físico tras haber palpado su piel y escuchado su voz. Hummm…. sedoso y castaño de tacto…otra vez el brazo, a ver…diga en voz alta su nombre, por favor, muy despacito.
- Elvira.
- Castaño, pero quizá se lo ha teñido al rojo ¿me equivoco? Es usted muy bella, Elvira. Si no le molesta la expresión, puedo decirle que sus labios deben ser carnosos y sus ojos grandes, marrones. Nariz graciosa, algo chatita, quizá. Esbelta y, discúlpeme, bien proporcionada. Ahora sonríe ¿verdad? Me encanta la sonrisa de las mujeres inteligentes.
- Es usted muy amable. Creo que pecaría de vanidad confirmándole que ha acertado. Lo cierto es que no tengo tanto éxito entre quienes sí ven. Estamos saliendo, cuidado.
- El aire huele a nueces. Las nubes se están abriendo y el sol se asoma tímido
- ¿Cómo puede saberlo?
- Conozco el otoño como usted la palma de su mano. ¿Es su hora de comer? Sé de un restaurante magnífico en la calle Murcia
- Me encantaría, pero estoy de servicio. Les deseo lo mejor. Hasta siempre.
- Adiós, Elvira.
- Buenas tardes, Elvira.
- Que todo vaya bien.

- Por fin solos. Uno, dos…
- ¿Cuentas tus pasos, Pablo?
- No, Chanclas. Tres. Pongo en práctica el viejo consejo de contar hasta diez antes de iniciar una bronca. Cuatro.
- Ya. Lo de los ingresos extras. Se me escapó.
- Cinco.
- Pablo tiene razón, ahí te has lucido, Chanclas. Sólo te ha faltado decirle al policía que con el tinglado este tampoco tienes bastante, y que no estaría mal atracar un banco de vez en cuando.
- No ha pasado nada, joder, Bernardo, yo no tengo las tablas que tenéis vosotros. Yo acabo de llegar al negocio.
- Seis. ¿Quién tiene tu dinero, Bernardo?
- Juanito. Lo cogió antes de partirme la cara. Tengo que hablar con él para que varíe, porque siempre me castiga el mismo ojo y la misma mejilla.
- Hazle tú lo mismo cuando te toque. Siete.
- No se deja, el cabrón. Dice que a quien le gusta es a mí. El prefiere un pinchazo en el muslo o una buena patada en los huevos.
- ¿Y el tuyo, Chanclas?
- Juárez, pero me da la impresión de que antes de llevárselo se ha guardado unos billetes para irse directamente a la calle Magdalena.
- Ocho. Me dejo los cuernos adiestrando al personal. La gente conoce los itinerarios, maneja las distancias y empuña el arma con la misma destreza con que lo haría un tipo con vista de lince. Nueve. He dirigido cooperativas parecidas a esta en la calle Sierpes de Sevilla y en la Plaza de Cataluña de Barcelona, y ahora llevo cinco años en la esquina de Atocha. He trabajado con cientos de ciegos. Y ninguno tan gilipollas como tú, Chanclas. Diez. Haz el favor, pálpate el bolsillo del abrigo.
- Coño…
- Te estoy viendo el gorro del Papa desde que te has sacado el retrato de tu madre. El policía no se ha percatado porque debe ser aún más gilipollas que tú. ¿Se puede saber qué cojones haces con la careta en el bolsillo? ¿Acaso te tocaba a ti usarla hoy?
- La llevo ahí siempre
- ¿La llevas siempre? A ver, ven aquí, ¿cuántos palos has dado ya con la careta del Papa?
- A Jacinto, a Marcos, a ti, a Calero, al Bernardo otro…lo menos seis
- ¿Y qué le dices al madero si ve la careta en el bolsillo como la he visto yo? ¿Que es por devoción?
- Joder, Pablo…de los errores se va aprendiendo…hostias, no aprietes tanto, que me vas a sacar el hombro de su sitio.
- Diez, nueve, ocho, siete, seis…
- Perdone ¿tiene el cero?
- Cómo, no, señorita. Disculpe, no la he oído llegar. Estaba charlando con este amigo. Aquí tiene. Si me permite decírselo, me encanta su perfume.
- Gracias. Adiós
- ¿Qué tal culo tiene, Pablo?
- No cambies de conversación, Chanclas. Ya estás quemando la careta. Es la última cagada que te permito. A la próxima estás fuera.
- Venga, déjale, no ha pasado nada. Vamos caminando.
- ¿Tú nunca has metido la pata, Pablo?
- Nunca. Cuidado, que viene un niño patinando.
- Hombre nunca, nunca…
- ¿Qué insinúas, Bernardo?
- Hombre, en Sevilla…
- En Sevilla no pasó nada. Ojo, que pisas un zurullo.
- ¿Qué pasó en Sevilla?
- Un policía listo, que algo le mosqueó…
- Eres un bocazas, Bernardo.
- Metió a Pablo en una sala de la comisaría, le dejó a solas y le dijo que en un instante vendría una agente a interrogarle…
- No pasó nada.
- El poli fue a traerse una puta de la calle, la mejor que encontró. La tía efectivamente le interrogó, pero a medida que lo iba haciendo se quitaba el jersey, la falda, las bragas, hasta quedarse completamente en pelotas. Así, como su madre la trajo al mundo, terminó el interrogatorio.
- No jodas. ¿Y Pablo…?
- Respondió a todas las preguntas sin pestañear; eso dice.
- Hay reacciones imperceptibles para la gente normal, Bernardo. Si aquel policía de Sevilla hubiera sido cualquiera de vosotros dos, yo ahora estaría a la sombra. Y más teniendo en cuenta que aquello fue en octubre. No te quepa duda…Coño, dos euros sin dueño… perdón, señorita, se me ha caído una moneda ¿le importaría recogérmela? Gracias por su solidaridad, es usted muy amable. Disfrute del sol, señorita, ya viene el mal tiempo. Le deseo de corazón un día maravilloso.
