
Rosa no es la Julieta de Shakespeare, ni tampoco Gertrude Stein. Rosa es una rosa es una rosa es una rosa con las tetas grandes y los labios carnosos que no dejaría de ser una rosa ni de esparcir su aroma aunque de otra forma se llamase. Acaba de renovar su contrato, se queda al menos un año más trabajando en Londres. Esto no es un coño, mi dulce Romeo, me dijo anoche delante de la webcam, completamente desnuda, deslizando suaves las yemas de sus dedos cortos sobre los muslos blancos. No lo será hasta que vengas a verme. Vente, nene, ven a explorar de nuevo el origen del mundo.
A veces un pato es solo un pato. A veces la echo de menos. La semana que viene les espero aquí, vengan a verme. Buen fin de semana para todos.
La senyera todavía sabe a chocolate, y tus besos siguen siendo elipses verdes, me dijo el verano pasado. Amarillo verdoso era el olor de las habitaciones de hostal barato en las que acabábamos al amanecer, más amarillo cuando entrábamos en ellas y más verde ya desnudos entre las sábanas, que casi siempre estaban ásperas ¿te acuerdas? A mí me olían como el ruido de las uñas de la profesora de Evolutiva arañando la pizarra para que prestáramos atención. ¿Cómo se llamaba aquella? Era mona, tú le gustabas, te ponía ojitos. Esas cosas las notamos las mujeres enamoradas. 