Esta la pago yo

He coincidido fugazmente con Nacho Campillo en dos momentos de mi vida. Recién llegado desde Barcelona, le veía cada atardecer de un largo mes de invierno en un bar del centro de Madrid. Como yo mismo, andaba ocupado por allí cerca y usaba aquella cafetería de paso para distraerse un instante con un par de cañas, un pincho de tortilla y el culo de Keka, mi acompañante habitual, al que no perdía ocasión de echar un vistazo en cuanto se terciaba. Años más tardé me topé con él de nuevo, esta vez en -literalmente- el fin del mundo, de la mano de una morena cuyas curvas, en justa correspondencia, conservo todavía en mi memoria.

Tam Tam Go es quizá un grupo infravalorado. Sus dos o tres grandes éxitos de radiofórmula eclipsaron una colección de diez o doce magníficas canciones que han tenido menos reconocimiento del que merecen. La de abajo es una de ellas. El año que viene les hablaré de Keka. De momento, permítanme agradecerles los últimos comentarios a mis entradas, a los que no tuve ocasión de responder. He pasado las últimas semanas calentito y contento, en el interior de una caja de bombones de la que me ha faltado voluntad para salir; alégrense por mí. A cambio, yo les deseo una muy feliz Navidad y un próximo año inmejorable. Es un trato justo, no lo rechacen. Un abrazo para todos, hasta entonces.

Terapia de choque

Jean-Philippe Freu y Patrice Carrié son pareja y residentes en Montpellier. Ambos son, además, psicólogos profesionales, y ambos forman Rinôçérôse, sin duda una de las más famosas bandas en la todavía corta historia de la llamada música electrónica. Probablemente es también la que en mayor medida consiguió disipar los prejuicios de los aficionados al rock hacia los samplers, los sintetizadores y la música compuesta con ordenadores. Al menos fue mi caso, de la mano de Julio el Inmoral, al que nunca agradeceré suficientemente el descubrimiento.

Jean-Philippe y la bella Patrice gustan decir de sí mismos que son “psicólogos de día y músicos de noche”, pero esto no es del todo cierto; Rinôcérôse no tiene vocalista fijo porque la mayoría de sus temas son instrumentales, de modo que en aquellos en que sí hay voces, los cantantes ocasionales son siempre invitados, ajenos a la banda. En uno de sus discos, Schizophonia, propusieron trabajar con ellos a vocalistas de grupos underground, con un objetivo muy claro: “Los cantantes que reclutamos escribieron las letras de las canciones que interpretarían, cada uno en su propio idioma, hablando de sus problemas: perversiones sexuales, psicopatías, neurosis, adicciones. El resultado final es una buena panorámica de la diversidad de desequilibrios y enfermedades mentales. Grabar el disco fue una especie de terapia para todos ellos”.

Me estoy planteando copiar la idea de Rinôcérôse. Si alguno de ustedes cuenta con aptitudes vocales y está completamente loco, hágamelo saber. Todos saldremos ganando. Mientras tanto, les recomiendo pulsar el play del vídeo, subir el volumen y dejarse asesinar por la música sin oponer resistencia. Me lo agradecerán. Buen fin de semana para todos.

Agua caliente

¿Sigues enamorado de esa mujer, a que sí? Los labios de Rosa reposaban sobre mi vientre, tan cerca de mi ombligo que parecían hablar directamente con él. Di una calada al cigarrito de marihuana que ella misma fabricó minutos antes; nunca había visto a nadie liarlos con tal pericia y velocidad. ¿De cuál? De la que acaba de llamarte al móvil, de esa que se ha casado. No recordaba haberle hablado de ninguna mujer, pero se adelantó a mi pregunta añadiendo de inmediato: leo tu blog, nene. Las yemas de sus dedos pequeños se entretenían mimando el  interior de mis muslos. Aunque no sé si todo lo que cuentas ahí es verdad; ¿me dejarás escuchar alguna de tus cintas? Le pasé el cigarro. Solo me ha llamado para darme recuerdos de dos chicas que conocimos hace tiempo. Fumaba y me escuchaba en silencio mientras seguía acariciándome. En Marruecos, hace años; acaba de volver de Marrakech, las ha visto de nuevo por casualidad y le han mandado saludos para mí. Rosa tiene el pelo liso, solo un poco más largo que el mío, un aro de acero en la mitad de su oreja izquierda y cinco pendientes de plata alineados en la derecha. ¿Ha pasado su luna de miel en un sitio en el que estuvo contigo? Una bolita de oro en su labio inferior y otra un poco más grande, de titanio, en la lengua. No lo sé, no le he preguntado qué hacía allí, ella viaja mucho.

Me excita la boca de Rosa. El labio superior es una gaviota preñada en pleno vuelo que cuando calla reposa satisfecha sobre el nido mullido y confortable de abajo. Tienes la boca más bonita que he visto nunca. Boca de chupapollas, lo sé, dijo riendo; puedes decírmelo directamente si quieres, no me importa. Le acaricié el aro de la oreja. Suelta el cigarro y dame un beso, anda. La esperé y se abrió paso entre mis labios con su lengua de hembra fiel. Los besos de Rosa son sólidos, firmes, resueltos, tan sinceros que abruman un poco. Rosa besa con todo el cuerpo, gimiendo siempre levemente, sin prisa y sin pausa. Hace dos semanas que dejo a la gaviota alimentarse de mí mientras me arrullo en el nido o me recreo entre el oro y el titanio. Ha comprado una botella de bourbon caro, para que estés a gusto cuando vengas. Si trabaja se quita los piercings, pero hace meses que no encuentra empleo. Ha vendido el coche, lo ha sustituido por una moto pequeña y está pensando en marcharse a Inglaterra, allí todavía contratan a alguna enfermera y además tiene un medio novio en Londres. No, es un amigo, lo he conocido por internet. Como a ti, dice mientras me agarra la polla sin dejar de besarme. Y tú ¿tú no tienes novia? Esa chica que está malita.

Vi a Susi por última vez un par de semanas atrás, en casa de Tinín. Me presenté sin avisar para ver el fútbol con él y la encontré allí, ayudándole a hacer la cena. No necesita la muleta, apenas cojea un poquito ya; me alegré mucho, la abracé para felicitarla por la mejoría. Gracias guapo, me dijo con una sonrisa tímida. Me quedé sentado en el sofá viendo el final de la primera parte mientras ellos trajinaban en la cocina. Albert, no viniste a la boda, cabrón, me dijo Tinín desde allí. Ya te advertí que no iría. Ya hombre, pero lo pasamos como Dios, se te echó de menos. Susi me trajo una cerveza y me invitó a quedarme a cenar. ¿Tú también fuiste? le pregunté antes de que regresara a la cocina. Contestó con una mueca entre la sorpresa y la burla. ¿Yo? ¿Tú crees que a mí Mónica me va a invitar a su boda? Me acarició el pelo y dejó el aperitivo sobre la mesa antes de regresar a los fogones. Tinín salía de la cocina con una servilleta entre las manos y la besó en los labios cuando se cruzaron. Se sentó a mi lado mirando el partido. ¿Cómo van?

¿Te quedaste a cenar? Rosa arrugó un poco la nariz cuando el trago de bourbon le raspó la garganta. No, no me quedé, vine aquí a ayudarte con la canción. No me jodas, dijo pellizcándome con fuerza un pezón; ¿viniste a follarme para consolarte porque tu chica se ha liado con tu amigo? Exactamente, contesté tirando del aro de acero incrustado en su pezón izquierdo; no vamos a hacernos daño ¿verdad? Dudó un instante, divertida, y después de retorcer el mío con todas sus fuerzas lo liberó para lamerlo despacio. Lo abandonó súbitamente y me miró con sus ojos tristes, que estaban alegres. Dime una cosa ¿has estado con alguna de las chicas que escriben en tu blog, o yo soy la primera? Le sostuve la mirada y le acaricié los labios con un dedo. He conocido a una, pero todavía no me la he follado. Sus labios de chupapollas dibujaron una sonrisa traviesa. Pues yo sí me he tirado ya a más de uno de mis lectores. Rosa abrió hace años un blog en el que cuelga sus poemas y sus relatos. Pero eso es porque tú eres un poco puta. Mi coño lo disfruta, replicó sonriendo mientras buscaba mi boca.

Me apetece una fácil y bonita, una que podamos cantar los dos, con voces de chico y chica, me dijo mientras cogía la guitarra; despejé su mesilla de noche improvisada y la usé como caja de ritmos para acompañarla en la percusión. Ayer le llevé un clavel nuevo de invernadero y un jarroncito de barro. Me gusta escuchar a Rosa cantar; tiene una voz seductora, ahora se esfuerza conscientemente en cada estrofa por bajar el tono y no aparta un instante sus ojos de los míos hasta que acaba la canción. Cold water surrounds me now. Eres muy guapa, enfermerita. Auxiliar, me corrige ella siempre. Sí, auxiliar. Qué cierto.

Vista al frente

Regreso a casa consumidos los últimos días de descanso y me fijo en que el blog ha superado en mi ausencia las treinta mil visitas. Gracias. Ustedes y yo vamos a ser muy felices juntos. Les espero aquí la próxima semana. Pásenlo bien.

Con la picha por fuera

Anoche me preguntaron que cuántas veces me he enamorado. No se lo tuve en cuenta, al fin y al cabo estaba tan borracha como yo mismo. La conocí un par de semanas atrás por internet y ayer me invitó a su dormitorio con la excusa de que la ayudase con una canción que se le resistía. Se puso las bragas antes de coger la guitarra. Confundió estrofas y notas pero se defendió. Tienes una voz bonita pero chillas mucho; quise intercalar su nombre, pero no lo recordé; baja el tono, si aprendes a controlar eso te saldrá mejor.

Un cajón de madera pintado de rojo hacía las veces de mesilla de noche, y encima de él había una botella de plástico con un clavel marchito, las pinzas del pelo que se quitó un rato antes y una novela con el marcalibros en las primeras páginas. “Mañana en la batalla piensa en mí, y caiga tu espada sin filo; pese yo sobre tu alma”. Qué puta casualidad. Quizá percibió la aprensión con que miré el libro, porque me aclaró inmediatamente con una sonrisa orgullosa que estaba dedicado por el autor. “Para Rosa”, se leía escuetamente en la primera página, sobre unas iniciales y una fecha antigua. Es la tercera vez que lo leo, me gusta mucho; ¿lo has leído? No, le dije, no me gusta ese escritor. La menor, Sol, Fa; inténtalo otra vez, apoya la guitarra mejor y baja el tono. Rosa tiene las tetas grandes, los labios carnosos y los ojos tristes. Es auxiliar de clínica en paro. Esta noche la he llamado pasadas las doce, y ha vuelto a cantarme por teléfono. Sin media botella de ron encima le ha salido mucho mejor. Me ha invitado a comer el viernes y me ha advertido de que vigilará mi promesa de dejar de fumar a partir de ese día.

Quiero oír alguna canción que no hable de sandeces y que diga que no sobra el amor, y que empiece en sí y no en no. Hay en Youtube una cantidad verdaderamente extraordinaria de aficionados -aficionadas mayoritariamente, lo que no deja de ser llamativo tratándose de un tema de genuino rock duro- que interpretan su propia versión de la canción que a Rosa no acaba de salirle. Sé que Penélope, Tinín y quizá alguno más de ustedes sabrán perdonarme la herejía de no poner la original, pero  he visto tantas veces hoy el vídeo de esta rockerita venezolana que he empezado a enamorarme un poco de ella. Y a dejar de lado la vereda de la puerta de atrás.

Le faltan instrumentos que trata de suplir con su voz. Hagan caso a lo que pide y acompañen aunque sea mentalmente su tarareo. Será como si acompañasen a la auxiliar de clínica o a mí mismo, y ambos nos lo merecemos. Creo que no les veré hasta la próxima semana. Sean felices.

Vértigo

Un señor normal, un tiempo normal, pasando normal por un día más de plomo. Yo ni siquiera era todavía un señor. Regresaba de la universidad, solo, de pie frente a una de las puertas del tren en el que viajaba; distraído en mi propio cansancio y mi propia rutina, veía desaparecer gradualmente las luces de la estación que abandonaba cuando un convoy en dirección contraria alcanzó al mío, cruzándose ambos durante un instante en medio del túnel, como tantos otros cientos y aun miles de veces ha podido ocurrirle a cualquiera que haya viajado habitualmente en metro, como en tantas ocasiones me había sucedido a mí mismo. Durante los breves segundos que duró el cruce de trenes en el interior del túnel lo entendí todo. La esencia de la materia, el difícil carácter de Marta, los motivos de los desconocidos, la naturaleza del universo. Todo son decimales, espirales, animales. Son cristales en un globo. Escucho obsesivamente la canción del vídeo desde hace semanas. Como si hubiese perdido dentro de ella algo que no puedo recordar. Con la misma sensación de quien sale de casa convencido de que olvida algo que no es capaz de concretar.

Yo aún vivía en Barcelona cuando Josele Santiago frecuentaba La Vía Láctea, uno de los legendarios bares de copas del barrio de Malasaña, en Madrid, antes de fundar Los Enemigos, probablemente el mejor grupo en la historia del rock en español. Mónica lo veía allí cada noche, ensimismado, huraño, apartado de todo y de todos. Están pasando cosas que solo yo puedo ver. Constantemente. Cosas que nadie querrá creer. Que solo pueden ser señales.

Buen fin de semana para todos.

Conejitas

Estos macarras con pintas de buenos chicos no sólo consiguieron permiso para grabar el vídeo en la auténtica Mansión Playboy, sino que convencieron al mismísimo Hugh Hefner, fundador del imperio de las playmates, para hacer una fugaz aparición al principio. La canción habla de lo penoso que es vivir sin un duro y lo bonito que sería ser habitante de Beverly Hills, entregado al lujo y rodeado de bellezas y celebridades. Los fans del grupo acogieron esa declaración de intenciones como una crítica sarcástica a ese modo de vida, pero ellos no se cansaron de asegurar que no había ironía alguna en la letra, que la canción expresa su deseo real de formar parte de ese mundo. Como a los humoristas, nadie toma nunca en serio a las estrellas del rock and roll. Pasen un buen fin de semana.

Blackout

- Su estatura es menor que la mía, eso seguro. Debe llegarme, como mucho, a la barbilla. ¿Que cómo lo sé? Porque estamos en otoño. A principios de octubre, el aire tiene ya otra textura, sobre todo en la Glorieta de Atocha. No es más pesado ni más liviano que en agosto, pongamos por caso. Es otro. Es diferente. En otoño, el aire vive su propia vida. Deja de ocuparse de nosotros, las personas, y de las cosas materiales, y va de acá para allá ensimismado, pensando en sus propios asuntos, más consciente que nunca de su naturaleza etérea, trascedente y meditabundo, cargado incluso de cierto aliento de épica triste, como esos hombres oscuros que cumplen con su obligación sin que nadie los reconozca por la calle. No es más fresco ni más cálido que en primavera. En octubre, el aire carece de temperatura como carece de color durante todo el año. Si acaso, se posa a veces en la piel para descansar y deja una huella evanescente, como la estela de alguien que pasa corriendo a nuestro lado. En noviembre, sin embargo, el viento que dobla las esquinas tiene algo de alarma antiaérea: todos a casa, viene el invierno. La gente camina entonces por Atocha como esos últimos transeúntes que se apresuran para respetar el toque de queda, pero el viento les persigue hasta las bocas de metro, penetra con ellos y forma remolinos en los vestíbulos que mueren siempre en la misma esquina, acumulando, por cierto, un follaje de hojas secas, billetes usados e inmundicias varias en las que, nosotros sobre todo, siempre acabamos metiendo el pie o la punta del bastón ¿verdad, Chanclas? Es que él es especialista. Ya puede usted ver que lleva siempre los dedos de los pies desnudos, y además no tiene mi sensibilidad, le falta experiencia. Despierta todavía cada mañana pensando que ve. Por eso no se mueve como yo me muevo en el aire del otoño.

- ¿Usted no es ciego de nacimiento?

- No, señor Comisario, es verdad lo que le cuenta Pablo. Me despierto por la mañana, me creo que todavía es de madrugada y me vuelvo a dormir. Por eso muchas veces llego tarde a los sitios. A mí también me ha tocado esta vez, sí, pero yo no sé lo que sabe Pablo. No sé si era más alto o más bajo. Yo en octubre sí tengo frío, y la verdad, no diferencio apenas entre el aire de octubre y el de noviembre, ni le noto al ambiente nada especial. Yo, cuando llega el otoño, sé que el cielo en la Glorieta está lleno de nubes blancas y grises, las aceras repletas de hojas y los gestos de la gente crispados de impaciencia por llegar a casa. Mire, llevo siempre en el bolsillo la foto de mi madre: me la pongo delante de los ojos, observe, y así la recuerdo tan perfectamente que es como si la estuviera viendo. Pablo entiende mucho de aire, pero no ha visto en su vida una nube, ni una hoja, ni la cara de nadie. Eso sí, las recuerda todas. Si usted deja que le toque la cara, es como si le hubiera visto. Ya no la olvida…hahaha.

- ¿Qué le ocurre?

- Nada, que me río. Es que me río de una forma rara. Yo no me veo, pero eso me dicen. La verdad es que yo antes me reía como todo el mundo. Es que me he acordado… acérquese…que un día, verá, es que nosotros vamos de putas ahí arriba, a la calle Magdalena, bueno, pues un día, Pablo se apostó que las reconocía sólo con sobarles las tetas. Las puso a todas en fila y fue enumerando: la Juana, la Adela, la Olga, la fulana, la mengana. Las tías que se escacharran de la risa y Pablo que no falla ni un par, qué cachondeo…Bien, al grano, que usted tiene mucho que hacer: yo sí le puedo decir que el tipo que vino a atracarme es fuerte, porque a cada golpe de mala leche que daba, el quiosco temblaba entero. Este por lo visto era el que llevaba la careta de Rajoy ¿no?

- Así es.

- Eso he oído decir. Y también que el que atracó a Pablo llevaba una careta de Zapatero. El caso es que yo escuché algo raro, pasos a toda velocidad acercándose al quiosco y antes de que pudiera reaccionar, ya tenía a Mariano Rajoy encima. Y antes de poder preguntarme qué ocurría entonces, sentí el frío del cañón de la recortada en la frente.

- Entiendo. Usted, Pablo, es el único que no tiene quiosco. Vende los cupones a pie firme.

- Siempre he preferido el aire libre, me he negado tantas veces que ya no me lo ofrecen. Yo, señor inspector, me pegué a la pared, realmente asustado. Soy de la opinión de que estos individuos llevan las caretas, cierto es, para que el público no pueda identificarles, pero también porque no ignoran que muchos de los que venden cupones algo sí que ven; no se trata, desgraciadamente, del caso de ninguno de nosotros. Sin ir más lejos, muchas personas creen, y así me lo han hecho saber, que yo veo lo suficiente para caminar por la calle sin tropezar. Le pasa a mucha gente. Es que yo vivo en esa pensión, mire donde le señalo, ahí arriba, se ve desde aquí. Para venir a la esquina de enfrente a vender cupones no necesito el bastón, conozco el recorrido como usted esta comisaría, y como siempre llevo las gafas puestas…El otro día, sin ir más lejos, una pareja de turistas vascos me cogió por el camino y me pidió que les hiciera una foto abrazados con la estación de fondo. Tomé distancia y creo que hasta encuadré bien: lástima que al final me giré hacia el sitio equivocado y, bueno, acabé dando la espalda a la pareja pero eso sí, debí hacerle una foto magnífica a la puerta del Ministerio de Agricultura; eso mismo, o al menos así lo expresó, opinaba la chica,  que hizo ese comentario con dulce voz mientras recogía la cámara, sin añadir ningún otro de tono impertinente o insolidario, como por otra parte no hubiese sido de extrañar, dados los malos tiempos que corren para el buen entendimiento entre las gentes. A mí Rodríguez Zapatero me apuntó al estómago, y en cuanto lo noté, me lié a gritar: no me mates, joder, no me mates. Aún así, el individuo no apartaba el arma.  Fueron segundos de auténtica angustia, créame. Al final, ante el convencimiento que la situación sólo tendía a empeorar, le entregué la recaudación sin oponer resistencia. Entonces salió de naja.

- ¿Por qué gritó usted eso?

- Para que me dejara vivo.

- Alguien se acerca a usted sin mediar palabra, y siente a continuación un objeto apoyado en su cuerpo. Las posibilidades son infinitas ¿Qué le hizo suponer que iban a matarle?

- Otoño…do you remember? Perdone la humorada, tengo cierta afición a usar de vez en cuando expresiones inglesas, no en vano he sido habitante de London durante diez de mis cincuenta largos años. Usted, sin duda, percibe que en otoño el aire transmite la luz de una forma diferente, sobre todo en esta ciudad. Chanclas dice que recuerda que, en cuanto entra noviembre, el cielo sobre la Glorieta de Atocha se cierra sobre sí mismo, como esas bóvedas metálicas con que se cubren algunas plazas de toros ¿No es así?

- Sí, pero…

- Bien, pues yo también noto la diferencia. No percibo la luz, pero no le quepa duda de que el aire transmite muchas más cosas que luces, sonidos o aromas. Las intenciones de la gente también las transporta el aire. Usted no puede captarlas, yo sí: José Luis Rodríguez Zapatero iba a matarme.

- Bien. ¿Y usted? Bernardo Aranda Aranda. Aún no ha abierto la boca. Usted ha sido el único de los tres al que golpearon, y de que manera. ¿Se resistió?

- Es que a mí es la tercera vez que me atracan, señor detective. Sentí que se acercaban dos tíos corriendo y me agaché dentro del quiosco. En mi caso vinieron dos, supongo que porque saben que no me achanto. Me han puesto la cara así por decirles que son unos hijos de puta. Y es que lo son.

- ¿Usted siente o no siente?

- No siento. Tanto como Pablo no, por lo menos.

- ¿Cómo sabe que quienes se acercaban corriendo eran hombres, y además dos? Parece que en ningún caso han dicho una sola palabra.

- Perdón por la interrupción. No lo hacen porque les consta, señor inspector, que nosotros podemos identificar voces muy fácilmente.

- Sí, eso parece, Pablo. ¿Dígame, Bernardo, cómo lo sabía?

- Hombre, eso sí lo noto. No es lo mismo un hombre que una mujer. Y menos todavía dos hombres que dos mujeres.

- Y menos en otoño. Créale, señor inspector. Yo tengo una clienta fija: cada mañana desde hace dos años me compra un cupón, siempre el mismo número. Es una chica joven, veinticinco años aproximadamente. Trabaja en una oficina, lo sé porque ya hemos trabado cierta amistad. Ella, que es una dama moderna, seguramente sostiene ante sus compañeras que se ducha cada mañana, pero si me preguntasen a mí, yo les diría que muchos días miente, porque percibo la fragancia de su cuerpo macerada entre las sábanas: usted, por ejemplo, señor inspector, bailaría con ella y sólo notaría su perfume. Nunca bailará conmigo, pero yo, desde la distancia a la que la atiendo, puedo sentirlo. No siempre ocurre, pero a veces, al entregarme las monedas, me roza la palma de la mano con las yemas de los dedos; yo le aseguro que distingo esos dedos, ese leve roce, entre miles de leves roces. Los genes no transmiten sólo el color del pelo, la estatura  o la ceguera de por vida: otorgan también la calidad del tacto de las yemas de los dedos, y por supuesto, el timbre, el tono y la intensidad de la voz, y esas son características que confieren otras, por el mismo procedimiento por el que usted puede deducir sin temor a equivocarse el color de los ojos de una mujer muy rubia que ve de espaldas. No he preguntado nunca a nadie, pero estoy seguro de que el cabello de Susana, que así se llama, es de color cobrizo, parecido al color de sus ojos y parecido al color de su voz. ¿Entiende lo que quiero decirle?

- La verdad es que no.

- Quiero decir que usted, por ejemplo, discúlpeme la franqueza, no me excita lo más mínimo. Pero no estoy seguro de que le ocurra lo mismo a Bernardo, aquí presente.

- ¿Es usted homosexual, Bernardo?

- Un poco.

-  Cuenta al señor inspector cómo te quedaste ciego.

- No viene a cuento.

- Fue chapero.

- Se dice Boy. Fui Boy.

- En la calle del Almirante. Ya ve que no es muy guapo, y menos ahora, pobre, qué cara debe tener. Pero tiene mucha correa. Participaba en saraos caros y tenía clientes con gustos tan espesos como los fajos de billetes que le ponían delante de los ojos. En la última sesión se excedieron algo.

- Ahórreme los detalles.

- Chanclas, sin embargo, tiene un pasado mucho más glorioso. El es invidente por una enfermedad neuronal, degenerativa e irreversible. Hasta hace unos años aún distinguía la silueta de un hombre de la de un perro, pero poco a poco ha ido perdiendo vista y ya es tan ciego como yo mismo. Siempre he dicho que estas cosas mejor de golpe, sobre todo porque hasta que uno ya no ve ni sombras no empieza a desarrollar los sentidos inorgánicos, como yo los llamo; de manera que Chanclas es el más torpe de todos. Sepa que en las manifestaciones de labradores y ganaderos que con demasiada frecuencia tienen lugar ante el Ministerio de Agricultura, una vez le pisó una vaca y otra le estallaron tres tomates en la cara, circunstancia que, por ejemplo, nunca nos ha ocurrido a mí o a Bernardo.

- ¿Cuál es el ese pasado glorioso, Chanclas?

- ¿Se acuerda usted de Najibulá, aquel presidente afgano, ahorcado por esos muchachos, los talibanes? Hace muchísimos años. Yo lo escuché entonces en la televisión, mi hermana me fue contando: está amoratado, ha perdido carnes y le han llenado la boca de billetes que ya no valen nada. Lo imaginé y me dio lástima, porque pasé un rato agradable en su compañía y porque aún le tengo un aprecio especial a aquella entrevista. Fue la última que de él se publicó en España y la última que yo hice en mi carrera de reportero de guerra. Tuvo lugar en Kabul, en un día soleado de invierno. Era un tipo afable y cortés. Al llegar a España se declaró la enfermedad. No me quejo de la pensión que recibo, pero lo cierto es que me cuesta renunciar al ritmo de vida de entonces. Lo de los cupones es una ayuda, pero aún no llega. No vendrían mal algunos ingresos extras.

- Ya. Bueno…Bien, es todo. Gracias, han sido de gran ayuda. Pueden marcharse. Haremos todo lo posible por detener a esos atracadores. Elvira, por favor, ayude a los señores a salir a la calle.

- Encantados de haber sido útiles, señor inspector. Colaborar con usted es ayudarnos a nosotros mismos. Vaya usted delante, señorita, nos agarraremos unos a otros. He oído que se llama usted Elvira, y quiero confesarle que, en mi opinión, es uno de los nombres más hermosos que existen. Yo me llamo Pablo. Si me permite decírselo, el tacto de su piel hace honor a su nombre.

- Gracias. Tengan cuidado, hay dos escalones.

- ¿Me permite rozar las puntas de su cabello? Se trata de un detalle imprescindible para hacerle una demostración que probablemente la sorprenderá y la divertirá. Puedo darle detalles de su físico tras haber palpado su piel y escuchado su voz. Hummm…. sedoso y castaño de tacto…otra vez el brazo, a ver…diga en voz alta su nombre, por favor, muy despacito.

- Elvira.

- Castaño, pero quizá se lo ha teñido al rojo ¿me equivoco? Es usted muy bella, Elvira. Si no le molesta la expresión, puedo decirle que sus labios deben ser carnosos y sus ojos grandes, marrones. Nariz graciosa, algo chatita, quizá. Esbelta y, discúlpeme, bien proporcionada. Ahora sonríe ¿verdad? Me encanta la sonrisa de las mujeres inteligentes.

- Es usted muy amable. Creo que pecaría de vanidad confirmándole que ha acertado. Lo cierto es que no tengo tanto éxito entre quienes sí ven. Estamos saliendo, cuidado.

- El aire huele a nueces. Las nubes se están abriendo y el sol se asoma tímido

- ¿Cómo puede saberlo?

- Conozco el otoño como usted la palma de su mano. ¿Es su hora de comer? Sé de un restaurante magnífico en la calle Murcia

- Me encantaría, pero estoy de servicio. Les deseo lo mejor. Hasta siempre.

- Adiós, Elvira.

- Buenas tardes, Elvira.

- Que todo vaya bien.

- Por fin solos. Uno, dos…

- ¿Cuentas tus pasos, Pablo?

- No, Chanclas. Tres. Pongo en práctica el viejo consejo de contar hasta diez antes de iniciar una bronca. Cuatro.

- Ya. Lo de los ingresos extras. Se me escapó.

- Cinco.

- Pablo tiene razón, ahí te has lucido, Chanclas. Sólo te ha faltado decirle al policía que con el tinglado este tampoco tienes bastante, y que no estaría mal atracar un banco de vez en cuando.

- No ha pasado nada, joder, Bernardo, yo no tengo las tablas que tenéis vosotros. Yo acabo de llegar al negocio.

- Seis. ¿Quién tiene tu dinero, Bernardo?

- Juanito. Lo cogió antes de partirme la cara. Tengo que hablar con él para que varíe, porque siempre me castiga el mismo ojo y la misma mejilla.

- Hazle tú lo mismo cuando te toque. Siete.

- No se deja, el cabrón. Dice que a quien le gusta es a mí. El prefiere un pinchazo en el muslo o una buena patada en los huevos.

- ¿Y el tuyo, Chanclas?

- Juárez, pero me da la impresión de que antes de llevárselo se ha guardado unos billetes para irse directamente a la calle Magdalena.

- Ocho. Me dejo los cuernos adiestrando al personal. La gente conoce los itinerarios, maneja las distancias y empuña el arma con la misma destreza con que lo haría un tipo con vista de lince. Nueve. He dirigido cooperativas parecidas a esta en la calle Sierpes de Sevilla y en la Plaza de Cataluña de Barcelona, y ahora llevo cinco años en la esquina de Atocha. He trabajado con cientos de ciegos. Y ninguno tan gilipollas como tú, Chanclas. Diez. Haz el favor, pálpate el bolsillo del abrigo.

- Coño…

- Te estoy viendo el gorro del Papa desde que te has sacado el retrato de tu madre. El policía no se ha percatado porque debe ser aún más gilipollas que tú. ¿Se puede saber qué cojones haces con la careta en el bolsillo? ¿Acaso te tocaba a ti usarla hoy?

- La llevo ahí siempre

- ¿La llevas siempre? A ver, ven aquí, ¿cuántos palos has dado ya con la careta del Papa?

- A Jacinto, a Marcos, a ti, a Calero, al Bernardo otro…lo menos seis

- ¿Y qué le dices al madero si ve la careta en el bolsillo como la he visto yo? ¿Que es por devoción?

- Joder, Pablo…de los errores se va aprendiendo…hostias, no aprietes tanto, que me vas a sacar el hombro de su sitio.

- Diez, nueve, ocho, siete, seis…

- Perdone ¿tiene el cero?

- Cómo, no, señorita. Disculpe, no la he oído llegar. Estaba charlando con este amigo. Aquí tiene. Si me permite decírselo, me encanta su perfume.

- Gracias. Adiós

- ¿Qué tal culo tiene, Pablo?

- No cambies de conversación, Chanclas. Ya estás quemando la careta. Es la última cagada que te permito. A la próxima estás fuera.

- Venga, déjale, no ha pasado nada. Vamos caminando.

- ¿Tú nunca has metido la pata, Pablo?

- Nunca. Cuidado, que viene un niño patinando.

- Hombre nunca, nunca…

- ¿Qué insinúas, Bernardo?

- Hombre, en Sevilla…

- En Sevilla no pasó nada. Ojo, que pisas un zurullo.

- ¿Qué pasó en Sevilla?

- Un policía listo, que algo le mosqueó…

- Eres un bocazas, Bernardo.

- Metió a Pablo en una sala de la comisaría, le dejó a solas y le dijo que en un instante vendría una agente a interrogarle…

- No pasó nada.

- El poli fue a traerse una puta de la calle, la mejor que encontró. La tía efectivamente le interrogó, pero a medida que lo iba haciendo se quitaba el jersey, la falda, las bragas, hasta quedarse completamente en pelotas. Así, como su madre la trajo al mundo, terminó el interrogatorio.

- No jodas. ¿Y Pablo…?

- Respondió a todas las preguntas sin pestañear; eso dice.

- Hay reacciones imperceptibles para la gente normal, Bernardo. Si aquel policía de Sevilla hubiera sido cualquiera de vosotros dos, yo ahora estaría a la sombra. Y más teniendo en cuenta que aquello fue en octubre. No te quepa duda…Coño, dos euros sin dueño… perdón, señorita, se me ha caído una moneda ¿le importaría recogérmela? Gracias por su solidaridad, es usted muy amable. Disfrute del sol, señorita, ya viene el mal tiempo. Le deseo de corazón un día maravilloso.

Fátima (parte 2ª)

Ver parte 1ª

¿Vas a escribir ahora sobre mí? Tiene gracia. Fátima estaba realmente guapa, contenta, quizá más satisfecha consigo misma de lo que había estado en mucho tiempo. Se lo dije o quizá sólo lo pensé, no lo recuerdo aunque apenas han pasado tres semanas: los años te han sentado bien. Dio un sorbo al café sin mirarme. Aquella era otra cafetería, más pequeña, más moderna e impersonal que la que seis años atrás acogió durante tantos atardeceres nuestras meriendas compartidas. Hacía buen tiempo y nos sentamos en la terraza. Dejó la taza en la mesa y encendió un cigarrillo mirándome con media sonrisa y media desconfianza bien disimulada, preguntándose sin duda qué estaba haciendo yo allí, por qué la había asaltado apenas minutos antes para invitarla a un café en la puerta del hotel en el que acababa de presentar su nuevo libro, por qué la había esperado en la calle para decirle algo que sin duda podía haberle comunicado por teléfono o por mail. Hola Fátima, tienes un instante, quiero decirte algo. Me saludó con una sonrisa sincera y me abrazó como a un viejo amigo al que probablemente no esperaba volver a ver a solas, sentados de nuevo frente a frente en la mesa de una cafetería, más de seis años después. Se despidió de la gente con la que estaba y aceptó la invitación con aparente naturalidad que no logró esconder del todo la curiosidad por saber qué hacía allí su viejo compañero.

Ernest Descals - Cretas

Yo abandoné mucho antes que ella aquel gabinete de Arturo Soria en el que ambos empezamos a trabajar juntos. Lo hice sin dar explicaciones a nadie, comenzando por mí mismo, probablemente porque esas explicaciones no existen o aún sigo buscándolas. De un día para otro, desaparecieron de mi vida las larguísimas jornadas en los despachos y los atardeceres junto a Fátima. Durante meses, periódicamente, me llamó y escribió discretos correos electrónicos en los que nunca hizo una sola pregunta. Sólo para saber si estás bien. Nunca contesté a esos mensajes. Tiene gracia, ahora quieres escribir sobre mí. Estaba muy guapa, tenía el pelo más largo y apenas usaba maquillaje. Encendió un cigarrillo y me miró a los ojos sin apenas fijarlos. Me busco en todo lo que escribes desde que abriste ese blog, Albert. Nunca antes de ese día en que fui a buscarla para anunciarle que escribiría sobre ella le había hablado de mis cintas, ni mucho menos del lugar de la red en el que ahora transcribo algunas de ellas. No quise preguntar cómo había sabido de su existencia, no concedí mayor importancia a ese pequeño misterio, algún remoto amigo común quizá o más bien un puente de conocidos, a veces las noticias, incluso las más intrascendentes, vuelan a través de esos puentes.

Escribo sobre las mujeres que he conocido y no he olvidado, las que han significado algo para mí. Lo tomó como un cumplido hueco y así me lo devolvió, con un fugaz “gracias” apenas audible; luego bebió un sorbo de café y esbozó una sonrisa que mezclaba cierta ironía y cierto reproche que quizá era sólo incredulidad: tú y yo nunca nos hemos conocido, Albert. Dejó la frase en la mesa como un recordatorio frío, al mismo tiempo que la taza de café, y no quise, porque entendí que ella tampoco lo deseaba realmente, enredarme en una conversación que ya habíamos tenido alguna vez tiempo atrás. Sus palabras se quedaron allí, sobre la mesa de plástico de la terraza de la cafetería, junto a las dos tazas y el tabaco. Seguía mirándome con curiosidad disimulada, tratando de averiguar tal vez qué había todavía en el hombre que tenía enfrente de aquel otro que casi siete años atrás tanto la divertía y la distraía en la intimidad de la mesa de otra cafetería, al fondo junto a la ventana. Del mismo que tanto daño le hizo una tarde en su propio despacho.

Ernest Descals - Kursaal

Muchos años después de mi espantada sin explicaciones, Fátima volvió a escribirme una nueva carta para interesarse por mí, para felicitarme la Navidad y hacerme una breve consulta técnica, probablemente sin la menor esperanza de recibir otra cosa a cambio que la callada por respuesta, la misma que ya había recibido para sus periódicos mensajes durante tantos años en los que me olvidé de buscar explicaciones para ese silencio y hasta del propio silencio. Me contaba en su mail que se había ido de Arturo Soria para abrir su propio gabinete en una zona más céntrica de la ciudad, y que el negocio marchaba bien. Probablemente porque esas explicaciones no existen o aún sigo buscándolas, todavía no he entendido por qué en esa ocasión sí contesté a su mensaje. Me disculpé por la larga e inopinada ausencia, le deseé un feliz año nuevo, le di los datos que necesitaba y le conté vagamente que todo iba más o menos bien, que seguía sin trabajo fijo, que había vuelto a mudarme de casa. A través del correo electrónico reanudamos el contacto perdido y al cabo de un mes estábamos de nuevo trabajando juntos, en el gabinete que ella abrió y dirigía. Fue más que un placer trabajar a sus órdenes, pero desde entonces jamás nos vimos fuera de aquellos despachos. No hubo más cafeterías ni atardeceres de risas ni intimidad.

¿Y sobre Sonia, sobre lo que pasó en el archivo, sobre eso vas a escribir? No esperó respuesta, rio ahora con ganas en su silla de plástico de diseño de aquella terraza de cafetería de diseño. ¿Ya no tomas bollos de chocolate? preguntó abriendo la sonrisa; es tu hora de la merienda. Yo nunca he dicho que la del archivo fuese Sonia, le dije. Yo no fui, te lo juro, tú sabes que yo no hago esas cosas, contestó riendo con más ganas. Hace meses que dejamos de trabajar juntos, esta vez de mutuo acuerdo y en buena armonía, sin portazos ni desplantes por mi parte. Hace tiempo que trabaja exactamente en lo que siempre quiso y no se atrevió a poner en práctica, dejar el contacto con los pacientes y encerrarse en su casa para escribir artículos para prensa y libros basados en años de experiencia profesional que ahora son un éxito de ventas. Me regaló un ejemplar y me preguntó entre risas si quería una dedicatoria. Sí, claro, le dije. Me miró un instante en silencio con el bolígrafo en la mano y después escribió, sobre su firma, una frase entrecomillada: “Para Albert, desde la distancia adecuada”.

Qué duro eres siempre conmigo. Lo dijo hace un año, en septiembre de 2010, al final de la jornada de trabajo, sentada en la mesa de su despacho de su propio gabinete, mientras yo permanecía de pie, después de haber entrado allí y haber cerrado la puerta detras de mí para pedirle explicaciones por un absurdo roce laboral, después de una chiquillada por su parte que tomé como una afrenta personal. No, la gran Fátima no era perfecta; quiso llamar mi atención en el momento y el lugar menos oportunos. Perdóname, no sé en qué estaba pensando, me dijo al verme entrar. Fui allí para volcar toda mi ira sobre ella, para ser más cruel de lo que probablemente he sido nunca con nadie, con la misma persona que me había dado trabajo y había aguantado mis continuos desplantes sin un reproche y se había partido la cara para mantenerme en mi puesto contra viento y marea. Qué duro eres siempre conmigo. Lo dijo en voz baja, sin la menor estridencia y sin apartar los ojos de los míos. Lo siguiente que dijo lo escuché dándole la espalda, antes de salir de aquel despacho. Hay cosas que duelen de verdad, Albert, no porque no sean ciertas, sino porque es innecesario decirlas, por mucho que yo también lo sepa, que nunca fui lo suficientemente interesante para ti más allá de cuatro risas en la mesa de un bar. A mí no me ocurrió así, quizá no has pensado en eso. A mí me hubiese gustado que pasara lo que tú siempre has evitado que sucediera.

En aquella última planta del edificio de Arturo Soria en el que Fátima y yo empezamos a trabajar juntos como parte de aquel equipo de seis había una pequeña sala dedicada a los armarios archivadores que contenían las historias de los pacientes y otros datos, a una pequeña biblioteca, un improvisado ropero y un armarito con máquina de café, agua y zumos que la mujer florero se encargaba de reponer diariamente. Las tardes allí eran interminables, y siempre había tiempo para una renunión improvisada o una consulta más fuera de hora. Casi al anochecer de un día de junio terminé mi sesión semanal con el almirante y cuando se marchó acudí a esa sala para guardar su abultado historial, convencido de ser el único que quedaba ya en esos despachos. Se quitó los zapatos sin duda antes de entrar, porque no la escuché llegar por mi espalda. Había visto marcharse a la jefa y a Roberto un par de horas antes, de modo que supuse que Fátima, Sonia y la mujer florero habían acabado también su trabajo y me habían dejado solo en la planta, era raro el día en que al menos uno de nosotros no veía allí caer la noche. Aturdido por el día sin tregua, con ganas de terminar y salir a respirar, abrí el cajón para devolver a su sitio el expediente y antes de cerrarlo sentí las palmas de sus manos tapando suavemente mis ojos.

Quise girarme, pero las manos sujetando apaciblemente mi cabeza y un escueto y apenas audible “no” susurrado en mi oído me persuadieron para prestarme a la broma o a la adivinanza. Aquella pequeña e inocente emboscada podía proceder de cualquiera de ellas; la mujer florero apenas hablaba con nadie y no tenía conmigo, deduje apresuradamente, la confianza suficiente para gastarme esa broma, pero no la descarté y fue de hecho su nombre el primero que pronuncié, tal vez por el vago recuerdo de un par de meses antes, cuando sintió temblar el suelo y anudó sus ilustres brazos alrededor de mi cuello. Sólo tuve por respuesta una risa alegre y menuda que no logré identificar. Las tres tenían más o menos la misma estatura y ni a Fátima ni a Sonia las había tenido jamás tan cerca como para que su tacto o su aroma me permitiesen reconocerlas. La mano izquierda continuó tapando mis ojos mientras los dedos de la derecha comenzaban a deslizarse dulcemente por mi rostro, deteniéndose en los labios, dedos largos de uñas cortas que llegaron hasta mi cuello al mismo tiempo que la boca lo acariciaba y el pecho se apretaba contra mi espalda. No era una travesura inocente y el desconcierto me llegó mucho antes que la excitación. La chilena jamás había tenido ningún interés en mí -nunca lo tuvo en ninguno de nosotros- pero sí hubo siempre por parte de Sonia veladas insinuaciones o requiebros espontáneos, y fue esa tal vez la razón que me llevó a descartar que aquellas manos fuesen las suyas, las mujeres que tienen verdadero interés en un hombre que no les corresponde no suelen emprender maniobras directas que las dejen expuestas al rechazo definitivo y sin vuelta atrás, despojadas de la ilusión platónica o la expectativa; en realidad era bastante más lógico y probable que fuese aquélla, que nada esperaba ni quería de mí y nada arriesgaba por tanto buscando una tarde distinta en la sala del archivo.

Dos dedos se deslizaron despacio sobre mis párpados con la intención evidente de cerrarlos y cuando la dueña de esos dedos estuvo segura de que yo había aceptado el juego, de que no abriría los ojos ni me giraría hacia ella, usó las dos manos para desabotonar mi camisa, para acariciar mi pecho y jugar con mis pezones. Escuché su respiración acelerada mientras lamía, casi mordía, mi cuello y mis hombros. Ni la chilena ni Sonia habrían conseguido  jamás provocar la excitación a la que aquella mujer me estaba llevando, ninguna de las dos lo hubiese logrado por sí sola si mi imaginación no se hubiese rendido sin condiciones a la tercera y remota posibilidad. Saber de quién eran realmente las manos y la boca que me acariciaban y el cuerpo que se apretaba contra el mío dejó de importarle a mi entendimiento cuando el deseo decidió por su cuenta que eran las de Fátima. “Espera”, dijo en un susurro en mi oído cuando sus manos dejaron caer mi camisa al suelo y se apartaron por un instante de mi cuerpo; nunca la había escuchado tan cerca de mí, casi jadeando, a aquella distancia y en aquellas circunstancias no podía recococer su voz del mismo modo que meses atrás ella no reconoció la mía cuando la llamé por teléfono y me tomó por otro. No me giré, no abrí los ojos pero supe a través de los sentidos afilados por la excitación y el levísimo rumor de sus dedos lo que estaba haciendo, y apenas segundos después sentí sus pechos desnudos pegados a mi espalda. No pude hablar, no quise repetir mil veces su nombre para desahogar el deseo insoportable, Sonia o la chilena se llamaban Fátima, no concebía ni contemplaba ninguna otra posibilidad, aquellos pezones como piedras calientes recorriendo mi espalda eran los suyos, y eran suyas las manos que acariciaban mi polla y suyos los labios que recorrían mi cuello. Me masturbó gimiendo de excitación en mi oído, jadeos ininteligibles que yo decidí que eran mi nombre mil veces repetido, hola Albert, hola Fátima, tú y yo, aquí y ahora.

Ernest Descals - Cantavieja

Casi se atragantó de la risa con el sorbo de café. ¿De verdad te corriste encima del archivador? Empezaba a anochecer en la terraza de aquella cafetería de diseño. No contesté más que con una mirada para esperar en silencio un gesto que la delatara. ¿Qué, qué me miras? Yo no fui y tú lo sabes, esa fue Sonia, dijo sin parar de reír. Las mujeres que tienen verdadero interés en un hombre que no les corresponde no suelen emprender maniobras directas que las dejen expuestas al rechazo definitivo y sin vuelta atrás, despojadas de la ilusión platónica o la expectativa, pensé de nuevo mientras ella reía. La recordé sentada en el sillón de su despacho, en septiembre del año pasado, procurando aparentar una serenidad que sin duda le resultaba imposible: “a mí me hubiese gustado que pasara lo que tú siempre has evitado que sucediera”. Fátima ya sólo sentía curiosidad por mí, si es que antes había sido algo distinto. Curiosidad tal vez únicamente por saber qué estaba haciendo yo allí, por qué quería escribir sobre ella ahora y había ido a buscarla para contárselo personalmente.

Sólo un par de horas antes de aquel encuentro con Fátima tras casi siete años sin estar a solas en una cafetería, Mónica había llamado a mi teléfono móvil. No había vuelto a hablar con ella desde que nos encontramos por casualidad en la primavera pasada, en la terraza de El Castellano, después de su viaje a Japón. Sólo quería saber si asistiría a su boda, me lo preguntó con el mismo tono cordial, pragmático y neutro con el que lo habría hecho con cualquiera de sus primas o sus compañeros de trabajo. No, respondí, tengo cosas que hacer. Como quieras, dijo. ¿En qué andas, mucho trabajo? ¿Sigues escribiendo en internet? Sí, aún tengo el blog abierto. Hubo un silencio y después preguntó: ¿has escrito ya sobre Fátima? Lo pasabas muy bien en aquellas tardes de la cafetería ¿verdad? No fue una pregunta, sino un reproche a destiempo. No tenía ganas de hablar con ella, pero entendí que había llamado para algo más que para preguntarme si podía contarme entre los invitados o para interesarse por mis escritos. ¿Sabes quién es Juanjo, no? Juan José H.Z., había leído ese nombre junto al suyo en aquella tarjeta sepia. No, no lo sabía y no quería saberlo, pero ella sí quería enterarme. No lo conocía personalmente, pero Mónica me había hablado de él tiempo atrás y entendí que lo que en su momento me contó sobre su relación con él fueron sólo medias verdades. Lo dejó caer como una piedra en un pozo para aliviarse a sí misma, para liberarse del peso de la media mentira. Qué seas feliz, Mónica, fue todo lo que le dije. Nada más colgar salté al coche. Sí, claro que escribiré sobre Fátima, pensé mientras conducía a toda velocidad por la Castellana, será la próxima sobre la que escriba y voy a decírselo ahora mismo. Había visto días antes en el periódico el lugar en el que presentaría su nuevo libro. Mónica no había preguntado por Susi, ni por Diana ni por Amparo ni por ninguna otra, sino por Fátima. De nuevo por Fátima, siempre por Fátima. Sólo es una amiga, una compañera de trabajo, le decía invariablemente cada vez que en broma o en serio me preguntaba por ella.

Sólo un minuto, quiero decirte algo, le había dicho cuando la abordé en la puerta del hotel en el que acababa de presentar su libro. El minuto se convirtió en dos horas de conversación. Después de casi siete años, durante esas dos horas no fuimos dos desconocidos, sino dos viejos amigos que se reencuentran. Quizá porque yo nada le importaba ya, me habló de detalles de su vida que nunca me había contado. No hizo preguntas ni puso condición alguna para que escribiese sobre ella. Lo pasamos bien en aquellas tarde de la cafetería de Arturo Soria ¿verdad? Ya habíamos abandonado la terraza de diseño y caminábamos para buscar un taxi para ella. Se detuvo súbitamente antes de contestar. Yo me llevé todas esas tardes a la cama, Albert. Todo era pasado, las risas, los desplantes, las chiquilladas, la crueldad y las confesiones. Tú siempre me gustaste, yo creo que lo sabes, le dije de pie sobre la acera, frente a la puerta del hotel. Llevó su mano derecha hasta mi rostro, me lo acarició suavemente mientras esbozaba una sonrisa melancólica. La gran Fátima, la psicóloga más respetada, la mujer con la que todo el mundo quiere estar, la más envidiada, querida y deseada. Te gustaba, me dijo sin dejar de acariciarme la cara. Vi en sus ojos una soledad infinita que jamás había visto antes en su mirada, que me turbó cuando susurró la última frase antes de girarse y abandonarme. No lo entiendes, Albertet, no me conoces de nada. Yo no quiero gustarle a los hombres. Yo necesito que los hombres se vuelvan locos por mí.

Todo es pasado, las risas, los desplantes, las chiquilladas, la crueldad y las confesiones, y yo me buscaré en todo lo que Fátima escriba.

Malo, malo…

Sean buenas, señoras, por favor. O no.

El lunes les espero a todos aquí. Pásenlo bien.